—Justamente.
—Y acaso, acaso, y con este motivo, le anuncie usted propósitos de volver á la tierra...
—Cabal. ¿En qué lo ha conocido usted?
—Después de lo que hablamos el otro día, eso es lo que procede en un hijo tan honradote y concienzudo como usted.
—Me falta media carilla, y no quisiera perder el correo. ¿Me da usted su permiso para concluirla?
—No, señor: antes le mando que suspenda la tarea; óigame, y continúela después si le parece.
Dejé la pluma, sentóse Matica, pusímonos frente á frente, y me habló así:
—¿Le conviene á usted un empleo en Madrid, con veinticinco duros mensuales, pagados á tocateja, duradero, de poco trabajo y no precisamente antipático?
Parecióme la oferta una canongía llovida del cielo de repente.
—¿Y si yo dijera que sí?