Pae Polinar le acercó á sus narices; sorbió con ansia aquellos vapores suculentos y olorosos; y apartando en seguida el puchero lejos de sí, como quien huye de una mala tentación, dijo á su criada:
—¡Bueno, bueno, bueno de veras va el guisado éste!... Pero como yo no tengo esta noche grandes ganas que digamos, dásele á la mujer de Capuchín para que le despachen en su casa como Dios les dé á entender...
Tras algunos reparos infructuosos, fuése la criada dispuesta á cumplir el mandato de su amo; el cual, sacando la cabeza fuera del gabinete, la gritó:
—Pero dile que me devuelva la servilleta... si no les hace mucha falta.
Luégo se volvió á su sillón y á sus papeles, murmurando mientras los manoseaba:
—Cabalmente, he leído yo, no sé dónde, que para conservar la salud mientras se hacen trabajos de tanto empeño como éstos que yo traigo entre manos, no hay nada mejor que meterse en la cama con hambre. Pues lo que toca á la mía de esta noche, es de órdago... ¡de órdago! ¡Cuerno si lo es!