UN DÍA DE PESCA

Andrés madrugó al día siguiente más que el sol, y fué á la misa primera que decía en San Francisco el padre Apolinar para los pescadores de la calle Alta. Muergo, que había ido á llamarle, llevaba los aparejos y la cesta con las provisiones de boca para todo el día; provisiones que la capitana había preparado por la noche, según lo tenía por costumbre cada vez que su hijo iba de pesca. ¡Era de oir á la mujer de don Pedro Colindres cuando, delante de su hijo, acomodaba en la cesta cada cosa!

—Dos, cuatro, siete... diez... Una docena justa de huevos duros te he puesto. ¿Tendréis bastante? En este envoltorio de papel van rajas de merluza frita: dos libras y media. Por supuesto, que si dejas meter las manazas á esa gente, no te queda á tí para probarla... ¡No comieran rejones atravesados! ¡Hijo, yo no sé cuándo has de perder esa condenada afición tan peligrosa! Y todo, para venir abrasado del sol y del viento, y apestando la casa á esas inmundicias... Y lo peor es que el mejor día, si no te quedas allá, coges un tabardillo que te lleva... Vamos, no te amosques, que por tu bien te lo digo... Aquí va una empanada de jamón con pollos... Éstas son salchichas... tres docenas. Procura que se harten con ellas esos hambrones, para que te quede á tí más de lo otro. Para cinco he puesto. Si son más, porque á tí se te pega siempre medio Cabildo, que coman clavos ó que se arreglen con lo que haya. ¡Dará gusto ver á tu amigo Muergo chuparse los dedazos y relamerse los hocicos de cerdo!... ¡Buena educación y buenos modales aprenderás á su lado! ¡Hijo, qué gustos más arrastrados tienes, y qué rabia me da no poder arrancártelos de cuajo!... Pero la culpa tiene tu padre que te los consiente, si es que no te los aplaude. ¡Sí, sí, Andrés! Te lo digo como lo siento; y tienes que oírmelo, porque eso es lo menos á que estás obligado... Una ración buena de pasta de guayaba, para tí solo; medio queso de Flandes y dos libras de galletas dulces, para todos... Seis libras de pan... ¿Cuántas botellas de vino pongo? ¿Tendréis bastante con cuatro? Vamos, te pondré seis; porque esa gente, ¡tiene un saque!... La servilleta fina. ¡Cuidado con que les consientas limpiarse las manazas con ella! Para eso van estas dos rodillas grandes. El vaso para tí... y otro para ellos... Tenedores, cuchillos... Fortuna que la cesta no es chica, que si no... Ya estás aviado de lo principal... Sobre la cama te pondré el vestido de mar y el abrigo, por si el nordeste refresca... ¡Y, por el amor de Dios, hijo mío! no salgas muy afuera ni vuelvas tarde; ¡porque tú no sabes lo que yo me consumo pensando en lo que podrá sucederte! ¡Qué misa de tres se va á cantar en San Francisco el día en que esa condenada afición se te acabe... y vayan las cosas por donde deban ir!

Andrés, al salir de misa, vió que también la habían oído tío Mechelín y Sotileza; lo cual le demostró que los dos iban á ser de la partida. Había acontecido esto en varias ocasiones, porque Sotileza se perecía por ello; y como no gustaba de otras diversiones y en su casa la mimaban en extremo, y Andrés, cuando fué consultado sobre el particular, despachó la pretensión encareciendo mucho lo que le complacía, no puso tía Sidora otro estorbo á los deseos de la hermosa muchacha que la condición de que, por el bien parecer, no fuera nunca á esos holgorios sin la compañía de tío Mechelín. Desde entonces, siempre que la salud de éste le permitía ir en su barco á pescar con Andrés, les acompañó Sotileza.

¡Qué ganas se le pasaban á Cleto de echar un memorial al campechano mozo para que se le diera una plaza en la barquía, en la que iban tantas cosas que le arrastraban á él hacia allá! Por de pronto, Sotileza, que era, como quien dice, su propia entraña; después, Muergo, que no merecía ni debía ir solo tan cerca de quien iba; y, por último, aquella pitanza, tan abundante y sabrosa, que llevaba Andrés para regodearse todos al mediodía. Y su memorial hubiera sido bien despachado, seguramente; y lo fío yo con los propósitos que tuvo Andrés, en una ocasión, de anticiparse á los deseos de Cleto. Pero á Cleto le detenían las mismas razones que expuso á Andrés tía Sidora para que no intentara llevarle consigo en la barquía, lo más odiado en casa de Mocejón de todo lo perteneciente á la bodega, donde había tantas cosas aborrecibles para las mujeres del quinto piso. Cleto no tenía agallas bastantes para arrostrar las tempestades domésticas que le aguardaban, sentándose á remar en la barquía de su vecino, ni éste ni la gente de su casa querían tener con las de arriba más pleitos que los pendientes... ¡que no eran pocos!

Por eso Cleto no acompañaba á Andrés en la barquía de tío Mechelín, y se conformaba con ver, desde lejos, embarcarse á los expedicionarios cuando Sotileza iba entre ellos.

—Por suerte, va Andrés con ella,—exclamaba para sí en tales casos, si Muergo se embarcaba también.

Y eso mismo hizo y dijo en aquel día de fiesta, encaramado en lo alto del Paredón, mientras se embarcaban el viejo Mechelín, Muergo, Cole y Sotileza, cuando empezaba el sol á dorar los contornos del hermoso panorama de la bahía, y á saltar la luz en manojos de centellas al quebrarse en el terso cristal de las aguas. Reinaba en la naturaleza una calma absoluta y algo bochornosa, y había nubes purpúreas sobre el horizonte, alrededor del astro.

Aunque se izó la vela, fué por entonces inútil por falta de aire. Muergo y Cole armaron los remos; tío Mechelín, á proa, armó también el suyo, porque no dijeran que ya no servía el pobre hombre para nada; y buscando la contracorriente, porque la marea comenzaba á apuntar en aquel instante, bogaron hacia la boca del puerto.