Andrés y Sotileza, sentados á popa, disponían y encarnaban los aparejos entre dichos harto inocentes y alegres carcajadas. Porque es de advertirse que Sotileza, tan sobria de frases y de sonrisas en tierra, era animadísima en estos lances de la mar; y como hacía mucho tiempo ya que Andrés no seguía aquel sistema de disimulos á que espontáneamente se condenó, porque fué persuadiéndose poco á poco de que era innecesario, puesto que nadie se acordaría de los motivos que se le aconsejaron, no desperdiciaba éstas y otras prodigalidades que de vez en cuando brindaba á su genio retozón y alegre el más retraído y seco de su amiga.
Ésta, con todos sus andariveles domingueros, no valía tanto, aunque ella creía lo contrario, como con sus cortos y escasos trapillos domésticos; pero, no obstante, iba muy guapa en la barquía, con su pañuelo de seda encarnado encima del negro y ceñido jubón; su saya azul obscura; bien calzada, y con el profuso moño y la mitad de su cabeza ocultos por el gracioso pañuelo á la cofia.
Muergo se sentaba dos bancos más á proa que ella, y estribaba en el inmediato con sus piesazos negros y callosos. Cubría su torso hercúleo una ceñida y vieja camiseta blanca con rayas azules; y estos colores daban extraordinario realce al bronceado matiz de su pellejo reluciente. La sonrisa estúpida de siempre se dibujaba entre las dos cordilleras de sus labios, y á través de los mechones de greña que colgaban frente abajo, fulguraban los cruzados rayos de sus ojos bizcos.
Andrés se complacía en cotejar las frescas, finas y juveniles facciones de la linda muchacha, con los detalles de la cabezona del remero. Admirando estaba mentalmente el contraste que formaban las dos caras, cuando le dijo Sotileza al oído:
—¡Nunca le he visto más feo que hoy!
—¡Muy feo está!—respondió Andrés, coincidiendo con Sotileza en un mismo pensamiento.
—¡Da gusto mirarle!—añadió la muchacha, con expresión codiciosa, hundiendo al mismo tiempo toda la fuerza de su mirada en las tenebrosas escabrosidades de la cara de Muergo.
Éste sintió la puñalada de luz en lo más hondo de sí mismo; conmovióse todo; relinchó como un potro cerril, y cargándose sobre el remo con todos sus bríos bestiales, dió tal [estropada], cogiendo á Cole descuidado, que torció el rumbo de la barquía.
En la cara de Sotileza brilló entonces algo como relámpago de vanidad satisfecha, y al mismo tiempo se oyó la voz de Mechelín, que gritaba desde proa, detrás de la vela desmayada y lacia:
—¿Qué haces, animal?