—Ná que le importe,—respondió Muergo, relinchando otra vez.

En esto Andrés y Sotileza largaron los respectivos aparejos, cada cual por su banda; y cuando la barquía llegaba al promontorio de San Martín, ya había embarcado en ella más de dos libras de pescado, entre panchos, mules y llubinas, trabados á la cacea.

Allí comenzaba verdaderamente la diversión proyectada.

Se bajó la inútil vela, y Andrés y Sotileza, á barco parado, echaron la primera [calada] debajo del Castillo; porque junto á las rocas y en lo más hondo es donde se pescan los durdos, las jarguetas y otros peces de estimación.

Después pasaron á la Isla de la Torre, y luégo á la playa de enfrente, porque los barbos prefieren los fondos arenosos; y más tarde á la Peña Horadada; y así, de peñasco en peñasco, de playa en playa, pescando lo que se trababa, más porredanas, panchos y julias de manto negro, que los barbos que apetecían los pescadores, llegaron éstos, en virtud de que la mar estaba como un espejo, á la Isla de Mouro, no sin que Mechelín, siguiendo la diaria costumbre de los patrones de lancha, dijera, descubriéndose la cabeza en el momento de salir del puerto: «alabado sea Dios,» y rezara y mandara rezar un Credo. Sotileza, que jamás había salido mar afuera, comenzó á sentir los efectos de la casi invisible, pero constante, ondulacion de las aguas.

Á causa de este percance inesperado, volvió la barquía al puerto, ante cuya boca exclamó Mechelín, observando también en ello otra costumbre jamás quebrantada por los patrones en casos tales:

—¡Jesús, y adentro!

Después de rebasar el Promontorio, se prepararon las guadañetas; y dejándose llevar de la corriente la barquía, se dió principio á la pesca, ó más bien, al robo de los maganos.

Sotileza, aunque tenía un arte admirable para agitar con la blandura y tacto necesario dentro del agua aquel manojo de alfileres con las puntas vueltas hacia arriba, carecía de práctica en la manera de embarcar el magano trabado sin que el chorro de tinta negra que éste larga en cuanto se siente fuera de su natural elemento, se estrelle contra el mismo pescador ó los que se hallen cerca de él. Así fué que con el primer magano que trabó en su guadañeta, puso á Andrés lo mismo que si le hubieran zambullido en un tintero. Mordíase Sotileza los labios, por no reirse con el lance, que, por de pronto, arrancó á Andrés una interjección algo fuerte; y acabó por reir como una loca, cuando Andrés, pasada la primera impresión, tomó también el caso á risa. Entonces Muergo, que los miraba sin pestañear, descansando de codos sobre el ocioso remo, exclamó de pronto, al [calar] otra vez la muchacha su guadañeta:

—¡Puño! ¡Ahora pa mí, Sotileza!... ¡Échame toa la tinta de ese que pesques, en metá de la cara!... ¡ju, ju, ju!