Sotileza le respondió con una ojeada en que iba escrita la intención de echarle encima lo más que pudiera; y Muergo, dejando el remo, se plantó á su lado dispuesto á recibirlo. Pero salió el magano, soltó la tinta, y fué ésta á parar á la pechera de Cole, que no lo deseaba ni en nada se metía.

—¡Güena suerte tenéis!—rugió Muergo contrariado.

Mas no había acabado de decirlo, cuando ya tenía en su caraza toda la pringue del magano que acababa de sacar Andrés.

—¡No es lo mesmo uno que otro, puño!—exclamaba Muergo escupiendo tinta y echando el busto fuera del [carel] para lavarse la cara, en la cual apenas se distinguían las manchas negras.

En éstas y otras corrió el tiempo hasta más del mediodía: la marea estaba bajando, el calor sofocaba, y venían del Sur unas bocanadas de aire tibio que rizaban apenas la superficie de la bahía, á la vez que iban sus aguas tomando un tinte azul muy intenso.

—Á comer,—dijo de pronto Andrés.

—¿En ónde?—preguntó tío Mechelín.

—Donde siempre: en la arboleda de Ambojo.

—Algo lejos está—replicó el marinero.—¿Se ha hecho usté cargo de que ya apunta el sur, con trazas de apretar recio?

—Y eso ¿qué?—observó Andrés.—¿Ya no hay agallas para tan poco?