—Por usté lo digo, don Andrés, y por esa muchacha, que se pueden calar algo los vestidos; que lo que toca á mí, sin cuidao me tienen estas chanfainas de badía... ¡Isa, Cole!
Y Cole, ayudado de Muergo, izó otra vez la vela, que se agitó en el aire hasta que, atesada su escota por Andrés, que también cogió la caña, quedó tersa é inmóvil, mientras la barquía comenzaba á deslizarse lentamente, porque el viento era escaso, con la proa puesta á los picos del Alisas.
Media hora después, llegaba á la costa en cuya demanda iba. El viento había arreciado un poco; y como la playa es llana, la resaca la invadía un buen trecho entre el arenal descubierto y el punto en que, de intento, embarrancó la barquía. Cuestión de descalzarse para saltar á tierra quien no tuviera en sus piernas el brío necesario para salvar el obstáculo de un solo brinco, ó de dejarse sacar los más escrupulosos en brazos del más forzudo y menos aprensivo.
Por de pronto, se convino en que Cole se quedara al cuidado de la barquía para que no llegara á vararse por completo, lo cual acontecería si se tardaba mucho en resolver el punto referente al modo de desembarcar sus tripulantes y pasajeros; y sacó Andrés para él, del cesto de las provisiones, abundante ración de cuanto había. Mechelín, en gracia de sus achaques, consintió en que Muergo cargara con él hasta dejarle en seco; y mientras andaba Andrés empeñado en hacer otro tanto con Sotileza, que prefería descalzarse y ya se disponía á hacerlo, volvió Muergo del arenal, la agarró por la cintura y cargó con ella, que se dejó llevar, muerta de risa, en tanto Andrés saltaba, de un brinco prodigioso, desde el carel de la barquía á la parte enjuta de la playa, en cuyas arenas hundió los pies hasta el tobillo.
Y Muergo, que le precedía más de dos brazas, seguía corriendo sin soltar la carga, que antes parecía darle fuerzas que consumírselas; y casi tocaba ya los primeros cantos de las veredas que arrancaban de aquellos límites del arenal, y aún no daba señales de posar á la gentil moza, que, entre risas y denuestos, le machacaba la cara y le tiraba de la greña.
—¡Déjala ya, animal!—le gritó Andrés.
—¡Suéltala, piazo de bestia!—repitió tío Mechelín.
Como si callaran. Muergo corría y corría, y parecía dispuesto á no dejarla hasta la arboleda misma, á cuya sombra deseaba Andrés que se comiera.
Viendo trepar á aquel monstruo greñudo y cobrizo por los ásperos callejos y entre matas de escajo, oprimiendo entre sus brazos nervudos las ricas formas de la garrida callealtera, había que pensar en Polifemo robando á Galatea, ó siquiera en Cuasimodo corriendo á esconder á la Esmeralda en los laberintos de su campanario.
Al fin, volvió solo, echando chispas por los ojos bizcos, y agitándose en derredor de su cabezota, al impulso del viento, los mechones retorcidos de su greña montuna.