Tío Mechelín le maltrató de palabra por aquella acción que tan mal parecería á los que no conocieran el juicio de la honradísima muchacha, y Andrés también le echó un trepe gordo. Muergo no hizo caso maldito de las durezas de su tío; pero á Andrés le soltó al oído estas palabras, mientras se restregaba las manos y escondía en lo más hondo de los respectivos lagrimales todo lo negro de sus ojos:

—¡Puño... qué gusto dan estas cosas!

Á lo que respondió el mozo largándole un puntapié por la popa; de tal modo, que le apartó de sí más de dos varas.

Muergo recibió el agasajo con un estremecimiento bestial, dos zancadas al aire y un relincho.

Después cogió la cesta de las provisiones y una gran jarra vacía que llevaba tío Mechelín, y siguieron todos hacia la arboleda á cuya entrada aguardaba Sotileza, mientras Cole, después de haber desatracado la barquía, no sin mucho esfuerzo, y de haberse fondeado con el [rizón] donde no corría peligro de vararse otra vez, daba comienzo á su particular banquete, al suave arrullo de la resaca y al dulce balanceo de la barquía sobre los blandos lomos del oleaje que el viento agitaba lentamente.

¡Sabrosísima, y bien glosada además, fué la comida de los cuatro comensales de la arboleda! Y por lo que toca á Muergo, hubo que ponerle á raya, según costumbre, porque no tenía calo, particularmente en el beber. Andrés y Sotileza apenas bebían otra cosa que el agua fresca que se había traído del manantial cercano; y, por acuerdo de ambos, se guardó de todo lo mejor que se comía, una buena ración para tía Sidora, con harta pesadumbre de Muergo que hubiera devorado también las rebañaduras. Tío Mechelín agradeció en el alma esta cariñosa atención consagrada á su mujer, como en otros lances idénticos; y con este motivo, amén de sentirse él bien confortado y bajo el saludable influjo de la amenidad del sitio y de las caricias del aire, despertósele aquella locuacidad tan suya, que sólo la tiranía de los años y de los achaques había sido capaz de ir adormeciendo poco á poco, y empezó á entonar panegíricos de su vieja compañera. Cantó, una á una, sus virtudes y sus habilidades; después retrocedió con la memoria á los tiempos de su propia mocedad, y pintó sus castos amores y sus alegres bodas; y en seguida su felicidad de casado y sus desventuras de pescador; y luégo sus lances de hombre maduro; y, por último, los achaques de su vejez, sin reparar que desde la mitad de su relato, que fué larguísimo, Muergo roncaba, tendido boca arriba, y Sotileza y Andrés no le escuchaban, por estar más atentos que á su palabra, á las que á media voz y con mucho disimulo se decían mutuamente los dos mozos. El mismo Mechelín se fué rindiendo á los asaltos del sueño, y acabó por tenderse en el suelo y por roncar tan de firme como su sobrino.

Andrés y Sotileza se miraron entonces, sin saber por qué; y quizá sin conocer tampoco la razón de ello, pasearon después la vista en derredor del sitio que ocupaban, y todo lo vieron desierto y sin otros rumores que los que el viento producía entre las ramas de los árboles.

Sotileza, con el bochorno de la tarde y los vapores de la comida, estaba muy encendida de color; y como ya se ha dicho que á merced de tales jolgorios era más animada y habladora que de costumbre, este exceso de animación se revelaba en la luz de sus ojos valientes y en la sonrisa de su boca fresca. Con esto y el fuego de sus mejillas, Andrés la vió, sobre el fondo solitario y arrullador de aquel cuadro, como nunca la había visto. Se acordó, con indignación, de la calumnia de marras; y para enmendarlo, comenzó á convertir en frases terminantes las medias palabras que usó mientras tío Mechelín relataba sus aventuras. Y aquellas frases eran requiebros netos. Y Sotileza, que no los había oído jamás en tales labios, entre la sorpresa que la producían y el efecto de otra especie que le causaban, no acertaba á responder lo que quería. Esta lucha interior le saltaba á la cara en una expresión difícil de interpretar para unos ojos serenos; mas no para los de Andrés, que, ofuscado en aquel instante por los relámpagos de su interna tempestad, todo lo convertía en substancia. Alucinado así, tomó con su diestra una mano que Sotileza tenía abandonada sobre su falda, y con el brazo izquierdo le ciñó la cintura, mientras su boca murmuraba frases ponderativas y fogosas. La moza entonces, como si se viera enredada en los anillos de una serpiente, deshizo los blandos con que la sujetaba Andrés, con una brusca sacudida, lanzando al mismo tiempo sus ojos tales destellos y transformándose la expresión de su cara de tal modo, que Andrés se apartó un buen trecho de ella, y sintió que se le disipaba el entusiasmo, como si acabaran de echarle un jarro de agua por la cabeza abajo.

—Desde ahí—le dijo fieramente la indignada moza,—todo lo que quieras... no siendo hablarme como me has hablado... No digo de tí, que estás tan alto; pero ni de los de mi parigual debo de oir yo cosa que no pueda decirse delante de ese venturao (y señalaba á tío Mechelín).

Andrés sintió en mitad del pecho la fuerza de esta brusca lección, y respondió á Sotileza: