—Tienes razón que te sobra. He hecho una barbaridad, porque... ¡no sé por qué! Perdónamela.
Pero, aunque así se expresaba, otra le quedaba adentro. En descalabros tales es donde más padece la vanidad de los buenos mozos; y la de Andrés había quedado muy herida, tanto por el descalabro en sí, cuanto por venir éste de mujer que, aun resuelta á rechazarle á él, estaba obligada á hacerlo de otro modo menos brutal; y porque no se compaginaban fácilmente su cruda esquivez con un mozo tan gallardo, y el regocijo con que la esquiva se dejaba llevar poco antes entre los brazos del monstruoso Muergo.
La alusión al pobre y honrado marinero dormido á su lado, también le había llegado al alma, no por inmerecida, sino porque la ocurrencia de Sotileza debió haberla tenido él antes; y así se hubiera evitado que le recordaran los labios de una marinera ruda, lo que más le estaba mordiendo la conciencia. En fin, que al verse corrido en aquel trance, obra de las circunstancias, pensaba y sentía lo que sintiera y pensara cualquier nieto de Adán, tan honradote, tan mozo, tan sano y tan irreflexivo como él en idéntica situación.
En tanto, Sotileza, sin señales ya de su enojo, se puso á levantar los manteles y á acomodar en la cesta los avíos y las sobras de la comida. De paso despertó á los dormidos: al «venturao,» sacudiéndole blandamente; y á Muergo, arrojándole á la cabeza el agua que había quedado en la jarra. Enderezóse éste lanzando un bramido, mientras se incorporaba el otro bostezando y restregándose los ojos; y como los celajes se obscurecían y el sur iba apretando, diéronse prisa todos y volvieron á la playa, bien corrida ya la media tarde.
Nadie se había acordado de Cole, el cual, como si contara con ello, se había tendido á dormir, tan guapamente, sobre la vela plegada en el panel de la barquía, en cuyo fondo se zarandeaba, á medio flotar en el agua, de intento vertida allí, la pesca de la mañana. Costó muchas y recias voces desde la playa el trabajo de despertar á Cole; pero al fin despertó: haló el arpón para adentro, y atracó la barquía, que no fué mucho, pues la resaca era mayor que por la mañana, porque el viento era más fuerte y la marea subía ya. Como no era tan fácil saltar desde el arenal al barco como desde el barco al arenal, Andrés no tuvo otro remedio que dejarse embarcar en brazos de Muergo, y resignarse á ver otra vez entre ellos, sin pizca de protesta, á la que tan duras se las había hecho á él por menos estrujones.
Ya todos en la barquía, tío Mechelín reclamó el gobierno de ella para sí, como más viejo en el oficio, y en virtud de «lo que pudiera tronar,» porque el viento arreciaba por instantes. Sometióse Andrés, sin réplica, á los mandatos del experto marinero; sentóse éste á popa; agarró la caña, é izada ya la vela, templó la escota á su gusto. Crujió la lona, tersa y sonora como el parche de un pandero, y el barco se puso en rumbo, encabritándose sobre las olas que lo batían de proa, como caballo fogoso que encuentra una barrera en su camino. Como era de esperar, la barquía, ciñendo el viento, tumbó sobre el costado y comenzó á navegar de [bolina]; pero [derivaba] mucho por [ceñir] demasiado, y Mechelín remedió la [deriva] mandando echar la orza á sotavento (una sencilla tabla colgada del carel). Andrés y Sotileza se sentaron en el costado opuesto, para repartir mejor la carga de la barquía, que volaba sobre la hirviente superficie. Embestía las olas con ímpetu loco; y al estrellarse con ellas, embarcaba los chorros de espuma en que las dejaba partidas.
Andrés se había echado su capote impermeable sobre la espalda; pero Sotileza llevaba la suya sin un amparo, porque no había consentido que tío Mechelín, viejo y achacoso, le diera el [sueste] y el chaquetón embreados con que se cubría para no mojarse, y que á prevención había llevado á la pesca. Los dos marineros mozos no tenían más ropa que la puesta al salir de casa. Así es que, para no calarse ni perderse el vestido bueno, bastante mojado ya, Sotileza no tuvo otro remedio que aceptar el medio capote que con insistencia le ofrecía Andrés.
Vióse, pues, la hermosa pareja guarecida bajo una misma envoltura de pocas varas de paño, y muy arropadita por la cabeza y por los costados; porque contra el agua que sin cesar saltaba por aquella banda, toda prevención era poca. Andrés, recordando lo pasado, procuraba molestar á su compañera lo menos que podía; pero dejar de arrimarse á ella por alguna parte, le era imposible, porque el capote no daba para tanto lujo.
Muergo y Cole achicaban á cada momento el agua que iba embarcándose. Tío Mechelín no apartaba la vista del rumbo y del aparejo. Y la barquía, volando, atropellaba las olas, y caía en sus senos, y se alzaba en sus crestas; y á veces, sólo un punto de su quilla tocaba el agua espumosa. Chorros de ella corrían por las caras de Cole y de Muergo, y los mechones de la greña de éste goteaban como bardal después de la cellisca.
De pronto dijo Andrés á Sotileza, y por lo bajo: