—En este mismo sitio zozobró mi bote una tarde, con un viento como el de hoy.
—¡Vaya un consuelo para mí!—respondió la otra, en la misma tessitura.
—Es que me empeñé yo en tomar todo el viento de costado sin mover la escota... Una barbaridad.
—¿Y cómo salistes?
—Me cogió una lancha que venía detrás, y remolcó también el bote.
Volvieron á callar el uno y la otra; hasta que al hallarse la barquía enfrente de la Monja y próxima á los primeros barcos, volvió á decir Andrés, bajito también:
—Aquí me puso al Céfiro quilla arriba una racha de vendaval.
—¿Y tú?—preguntó Sotileza.
—Yo me aguanté agarrado al bote, hasta que me cogió uno de un barco. Aquel día me ví mal, porque caí debajo; y, además, hacía mucho frío.
—Dos zambullidas... Bastante es para lo mozo que eres.