—Dos, ¿eh? ¡Y también siete llevo ya!... ¡Y ojalá contara hoy la de ocho!

—¡Vaya una intención, Andrés!

—No es tan mala como tú piensas, Sotileza; porque quisiera hallarme en un lance en que dieras á los brazos míos tanto valor... siquiera, siquiera, como á los de Muergo.

—¡Mira con qué coplas sale!

—¿Te ofendes de ellas también?

—Porque no vienen al caso.

—Pues nunca vendrán mejor.

—Señal de que no están en ley.

En esto les inundó una cascada que saltó á bordo al entrar la barquía en un verdadero callejón de naves fondeadas, donde el viento era más impetuoso y los [maretazos] más fuertes. Tío Mechelín, en vista de lo que esto prometía para más adelante, propuso á Andrés enmendar el rumbo para desembarcar al socaire del Paredón del Muelle-Anaos, en lugar de seguir hasta el de la calle Alta, como aquél deseaba.

Y así se hizo, con magistral destreza de Mechelín y beneplácito de todos.