Dijo Andrés qué pescado de lo cogido por la mañana quería para su casa y la de don Venancio Liencres, dejando el resto en beneficio del barco; despidióse de todos muy campechano, y de Sotileza entre cariñoso y resentido; y tomó el rumbo de su casa, mientras la gente de la barquía la desvalijaba de todo lo movible y manducable, y después de dejarla bien amarrada, cargaba con ello y se encaminaba á la calle Alta por la de Somorrostro arriba... seguida, á lo lejos, del taciturno Cleto que había presenciado, sin ser visto, la atracada y el desembarco, diciendo para las honduras de su bodega:
—Mientres Andrés la ampare, no me importa.
XVII
LA NOCHE DE AQUEL DÍA
Andrés durmió mal aquella noche, ¡muy mal! En el paso imprudente que había dado en la arboleda de Ambojo, faltó á muchos deberes y cometió muchas inconveniencias á un tiempo. ¡Tantos años corridos en la intimidad de la pobre familia de la bodega! ¡La honrada vanidad que él fundaba en ser el paño de lágrimas de los dos viejos, que le tenían en las mismas entretelas del corazón! ¡Aquella noble confianza con que la hermosa muchacha, desde que fué niña descuidada, venía amparándose de su sombra benéfica, sin recelar del juicio de las gentes, que podía manchar su buena fama, como la habían manchado ya, como seguirían manchándola, las mujeres del quinto piso! ¡Y el matrimonio de abajo, y la misma Sotileza, y hasta el huraño Cleto, le querían, le amaban, precisamente por honrado y parcialote; por humilde, por generoso... y porque le creían capaz de partir con ellos el mejor pedazo de pan, y de andar á cachetes en medio de la calle por defender la vida ó el buen nombre de todos y cada uno de ellos! ¿Qué diría tía Sidora; qué su marido, si en aquel instante de vértigo le hubieran visto, ó si en otros muchos le hubieran leído en la frente ciertos pensamientos que cruzaban rápidos por detrás de ella!... ¿Qué juzgaría el candoroso Cleto si lo sospechara! ¡Cleto, que le había visto tan indignado y tan noble cuando le descubrió las calumnias con que le perseguían las mujeres de su casa!... Y sobre todo, ¿en qué opinión le tendría Sotileza desde que se vió en la dura necesidad de arrojarle de su lado, altiva, dura, indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que deshonra! Porque aquellos gestos, aquellos ademanes, aquellas palabras, significaban todo eso, y en manera alguna fueron artimañas femeniles, resistencias de artificio, ó disfraces de muy distintos propósitos. Aquello había sido una peña de mármol puesta delante de sus ímpetus, para que se estrellaran en ella; una lección terrible. ¡Y se la daba una marinera zafia, á pesar de deberle tantos favores y tantas preferencias! ¡Cuál no sería la magnitud de su imprudencia, y hasta qué extremo no estaría desprestigiado en la consideración de Sotileza!... Y además, corrido; porque corridos quedan los hombres en esas empresas, cuando les salen tan mal como á él le había salido la suya. ¡Si ya que el diablo le tentó, le hubiera ayudado á salir avante, triunfador y airoso!... ¡Pero quedarse sin el botín y con todos los coscorrones de tan inicua batalla!...
En fin, que no se podía vivir con sosiego en la situación en que él tenía las cosas desde la tarde anterior, examinadas serenamente al calorcillo de la almohada. Por tanto, procuraría verse con Sotileza, mano á mano, tan pronto como la ocasión se le presentara; hablaría con ella de lo acontecido, despacio, fría y severamente; echaría la culpa de su desliz á las tentaciones del sitio, á los arrullos del ábrego, al tufillo de la mar... á cualquier cosa; quizás diera por motivo de su exabrupto un oculto propósito de poner á prueba las virtudes de la moza... Esto ya lo decidiría él en su hora. Lo importante era quedar como debía y donde debía quedar... Si hablando, hablando, resultaba que su prestigio iba creciendo y agigantándose á los ojos de la buena moza, y que ésta llevaba su admiración hasta el extremo de... ¡Entonces, entonces sería ocasión de que se trocaran los papeles y recibiera Sotileza la lección que le debía!... Á menos que la fuerza misma del empeño y lo palmario de la voluntad, no le obligaran á ceder. Pero de este modo, ya la cosa era distinta, porque no siendo la culpa suya, él estaba libre de toda responsabilidad.