Y todo esto, con ser tanto, no era lo único que le robaba el sueño. ¡Si cuando las cavilaciones dan en eslabonarse unas con otras!...

En cuanto llegó á su casa de vuelta de la mar, sin responder una palabra á las muchas que le enderezó su madre, entre amorosa y sulfurada, por los riesgos que había corrido, el estado en que le veía, las gentes que le enamoraban, y por otro tanto más, se encerró en su gabinete, se afeitó, se lavoteó á su gusto y se mudó de pies á cabeza con el equipo fresco y dominguero que se halló preparadito al alcance de su mano. Previsiones de la capitana que adoraba en aquel hijo tan noblote, tan gallardo, tan hermoso... ¡pero tan Adán!... Si aquella noche no le pasa la revista acostumbrada, se le va á la calle con junquillo y sombrero de copa; pero sin corbata.

—¡Que con la estampa que tienes no te haya dado el Señor, para ser una persona decente, el arte que te ha dado el demonio para aventajar al marinerazo más arlote!

Así le dijo la capitana mientras le hacía el nudo de la corbata, que ella misma le había pasado bajo el cuello de la camisa con la necesaria destreza para no arrugarle. Después, y mientras le estiraba los faldones del levi-sac, le sentaba los fuelles de la pechera, le pasaba el cepillo sobre los hombros y arreglaba las caídas de las perneras sobre las botas de charol con caña de tafilete encarnado, continuó expresándose de esta manera:

—Si tú fueras otro, no habría necesidad de que tu madre te diera, cada vez que te vistes de señor, un mal rato como éste que estás llevando ahora; pero como eres así, tan... Hijo, ¡qué rabia me das algunas veces!... ¡Deseando estoy que tu padre acabe de llegar de su viaje y comience á cumplirnos la palabra de no volver á embarcarse jamás!... ¡Á ver si, con mil diablos, teniéndote más á la vista, consigue lo que yo no he podido conseguir de tí! Bueno que una vez que otra... pero ¡tanto, tanto y como si fuera ese tu oficio!... ¿Qué te parece? Mira qué manos... ¡hasta con callos en las palmas! ¡Póngase usted guantes ahí!... Hasta por corresponder á las atenciones que te guardan esos señores, debieras ser un poco más mirado en ciertas cosas... ¿Á quién se le ocurre, sino á tí, irse todo el día de pesca, sabiendo que esta noche estás convidado al teatro con una familia tan distinguida? Pues ya veremos cómo te portas... Y cuidado con largarse á media función: espérate hasta que concluya, y acompáñalos á casa. Da el brazo á la señora, ó á su hija, cuando salgáis de casa para ir al teatro, y lo mismo cuando bajéis la escalera de los palcos... Porque desde aquí te irás en derechura á buscar á Tolín, que te espera en su cuarto. Así me lo dijo esta mañana saliendo de misa de once de la Compañía... ¡Ea! ya estás en regla... ¡y bien guapetón, caramba! ¿por qué no ha de decirse, si es cierto?

Á Andrés le molestaban mucho estas incesantes chinchorrerías de su madre; las cuales, si estaban muy en su punto por lo referente á las aficiones del mozo, eran harto inmerecidas por lo tocante á lo demás. La capitana le quería elegante y distinguido á fuerza de perfiles, miramientos, discreciones y finezas; es decir, haciéndole esclavo de su vestido, de su palabra y de cuatro leyes estúpidas impuestas en salones y paseos por unos cuantos majaderos que no sirven para cosa mejor; y Andrés, con su gallardía natural, con su varonil soltura y su ingenuidad noblota, era precisamente de las pocas figuras que encajan bien en todas partes, aunque en ninguna brillen mucho.

Fuése, pues, de punta en blanco á casa de Tolín; y al atravesar el vestíbulo dirigiéndose al cuarto de su amigo, hallóse tope á tope con Luisa, emperejilada ya con todos los perifollos de teatro. Parecióle al fogoso muchacho que le caían muy bien, y así se lo espetó por todo saludo, pues le sobraba confianza para ello.

—¡Vaya, que estás guapa de veras, Luisilla!—le dijo.

—Y á tí, ¿qué te importa?—respondió Luisa, pasando de largo.

Andrés tomaba todos los dichos al pie de la letra, y por eso le dejó muy desconcertado la sequedad de Luisa.