—Y para tí, ¿por qué?...
—Me parece, Tolín, que entrar todos los días en una casa donde se le recibe á uno así... Porque, desde algún tiempo acá, todos los días me pasa algo de esto.
—Hombre, eso, si bien se mira, hasta revela cariño y estimación... Pues si quisiera echarte á la calle de una vez... ¡apenas tiene despabiladeras la niña!
—¡Ya lo voy viendo, ya!
—¡Qué has de ver tú, hombre, qué has de ver tú?... Lo que hay que ver es lo que hace con los que le estorban de verdad. Mira que ya me da hasta compasión de ese pobre Calandrias.
—¡Calandrias!... ¿Quién es Calandrias?
—¿No te acuerdas que llamábamos así á Pachín Regatucos, el hijo de don Juan de los Regatucos? Pues ese elegantón se bebe los vientos por ella, y pasea el Muelle arriba y abajo todo el santo día de Dios; ¡y ella le da cada sofión, y cada portazo!... ¡y le pone unas caras!... En el baile campestre del día de San Juan, se negó á bailar con él ¡con unos modos!... Te digo que no sé cómo ese hombre tiene humor... ni vergüenza para seguir todavía paseando la calle á mi hermana. Pues como ese hay varios; porque, como ella es hija de don Venancio Liencres... ¡ya se ve! Y á todos los trata por igual... ¡Más seca y más!... Y lo peor es que todas sus familias son visitas de casa... ¡como que son de lo mejor!... Mamá está que trina con esas geniadas... Y con muchísima razón... ¡Mira tú, hombre, qué cosa mejor puede apetecer ella, á la edad que tiene, que tantos y tan buenos partidos, para escoger el que más le agrade! Pues, nada... como una peña... Te digo que como una peña... Con que ahora quéjate tú... Y por supuesto, que todas estas cosas te las cuento yo no más que para gobierno tuyo y en la confianza de la amistad que tenemos. ¿Estás?
En esto se oyeron dos golpes recios á la puerta de la habitación, y la voz de Luisa que decía:
—¡Que nos vamos!...
Andrés abrió en seguida; y como ya su amigo había terminado sus faenas de tocador, salieron ambos al pasillo, donde tuvo Andrés que saludar á la señora de don Venancio, que, aunque vieja ya y bastante acartonada, iba tan elegante como su hija, pero mucho más fastidiosa. Don Venancio andaba perorando en el Círculo de Recreo, y se daría una vuelta por el teatro á última hora, si otros particulares más interesantes no se lo estorbaban. Tolín se anticipó á dar el brazo á su madre para bajar la escalera, y Andrés ofreció el suyo á Luisa con grandes recelos de recibir un desaire.