Pero no le recibió, afortunadamente. Eso sí, al precio de una mirada de aire colado, y de estas palabras, que dejaron al pobre chico atarugado y sudando:

—Pero no me rompas el vestido, como la otra vez...

De camino, llamaron á la puerta de don Silverio Trigueras, comerciante bien metido en harina; y bajó, calzándose los guantes y con la cabeza hecha un borlón de colgajos relucientes, la señorita de la casa, la elegante Angustias, afamada beldad por quien el hijo de don Venancio Liencres suspiraba en sus soledades y se engomaba las puntas del bigote. Despepitóse con ella á fuerza de saludos; recibió la joven los de costumbre de las otras dos señoras, y de Andrés los mejores que supo hacer el pobre mocetón, y continuaron todos juntos hacia el teatro.

Ya en el palco, Tolín se sentó detrás de la joven por quien suspiraba. Andrés, muy cerquita de Luisa, para dejar mayor espacio á su madre; y como por haber madrugado más que el sol y bregado tanto durante el día, se pasó durmiendo la mayor parte de cada acto, y en los intermedios se salía á fumar en los pasillos, de todo lo ocurrido allí sólo recordaba después que á mitad de la función había llegado don Venancio Liencres, preguntando si aquello estaba en prosa ó en verso.

—Creo que en verso—había respondido Andrés;—digo, no, puede que sea prosa.

—Es igual—había replicado el elocuente don Venancio.—¡Para lo bien que lo hacen y el jugo que se saca de ello!...

Después, la salida. Vuelta á ofrecer el brazo á Luisa, porque don Venancio había cargado con lo que en justicia le correspondía, y á Tolín no le apartaba nadie, ni con agua hirviendo, de la mujer por quien suspiraba hondo y se enceraba las guías del bigote.

Ya en la calle, la consabida ringlera de farolones de mano en las de las doncellas que aguardaban á sus respectivas señoras. Porque todavía en aquel tiempo, y no obstante haberse estrenado el gas el año anterior, quedaban bastantes restos de aquella antiquísima vanidad de clase, expresada en un gran farol de cuatro cristales, dos de ellos amplísimos y todos muy altos, y tres medias velas, cuando no cuatro, entre arandelas y bajo lambrequines, arcos ó laberintos de papel rizado, de veinticinco colores, para andar los pudientes por las calles á las altas horas de la noche. Esta observación acerca de los faroles, no fué de Andrés, que ni siquiera reparó en ellos, por estar bien acostumbrado á verlos allí en casos tales: es mía, y la apunto aquí porque no estorba, como nota expresiva del cuadro de aquellos tiempos.

Lo que Andrés observó entonces fué que el viento, encalmado desde que él había salido de casa para ir á la de don Venancio Liencres, había vuelto á arreciar, y mucho; y como sabía que en las bocacalles del Muelle soplaba con mayor fuerza que en ninguna otra parte de la población, se atrevió á aconsejar á Luisa que continuara apoyada en su brazo hasta llegar á casa. Tampoco esta vez fué desairado; y teniendo los demás por muy cuerdo el parecer, observáronle al pie de la letra. Quiero decir que don Venancio no soltó á su señora, ni Tolín á la señorita de sus amorosos pensamientos. Luisa y Andrés iban delante de todos, menos del farol empapelado, que les precedía algunas varas, zarandeándose en la diestra de la doncella de la casa.

Al enfilar la calle de los Mártires, comenzaron á oirse los silbidos del viento enredado entre la jarcia de la patachería de la Dársena, y su rebramar furibundo en las encrucijadas próximas; llegaron algunas ráfagas pasajeras que hicieron crujir la seda del vestido de Luisa, zarandeando los pliegues de su falda, y Luisa entonces, muerta de miedo, se agarró al brazo de Andrés, fuerte é inmoble como la rama de una encina.