—Agárrate de firme y sin miedo—la decía Andrés,—que á mí no me lleva por mucho que sople.

Y Luisa se agarraba á dos manos; y con tal ansia se arrimaba á la encina, que Andrés, á no serlo tanto en ciertos casos, hubiera podido sentir en su brazo derecho los latidos del corazón de su amiga; especialmente en el no muy breve rato que permanecieron en el Muelle, mientras abrían en casa de don Silverio Trigueras y se quedaba Tolín sin el arrimo dulce de su linda acompañada.

Andrés, en cuanto volvió á verse en el relativo sosiego de la calle trasera, dijo á Luisa, como para tranquilizarla, y, sobre todo, por hablar algo:

—Si me apuras un poco, más soplaba esta tarde.

Á lo que respondió Luisa inmediatamente y sin el menor dejo de broma:

—Pues si yo llego á ser aire esta tarde, buena zambullida te llevas... Yo te lo aseguro.

Andrés sintió una marejada de fuego que le abrasaba la cara. Se acordó de que una cosa muy parecida había dicho él á Sotileza cuando los dos se amparaban contra las olas de la bahía bajo un mismo capote. No temió que Luisa le hubiera oído... pero pudo muy bien haberle visto.

—¡Vaya una entraña, mujer!—respondió, atarugado, á la estocada de su amiga.

—No hay que tener mala entraña para hacer esas cosas, que son escarmientos necesarios... y hasta obras de caridad, si me apuras.

—¡Escarmientos!... ¡obras de caridad!—exclamó Andrés, más dueño ya de sí mismo, porque le iba llevando Luisa al terreno de las impertinencias que tanto le molestaban.—Pues ¿qué he hecho yo de malo esta tarde?