—Hombre—respondió Luisa muy resuelta,—á punto fijo, no lo sé, porque la vela tapaba la mitad, hacia allá, de la lancha; y no ví en la de acá más que tres bultos remojados, que daban asco.
—Yo iba gobernando al timón,—saltó Andrés, resignado á pasar por uno de los bultos «que daban asco,» siempre que Luisa se convenciera de que él no ocupaba la parte invisible de la barquía, donde iba el contrabando.
La desengañada hija de don Venancio Liencres, sin dar muestras visibles de atención á estas palabras, añadió:
—Pero si no lo has hecho esta tarde, bastante hiciste por la mañana.
—¡Por la mañana!...
—¡Sí, señor, por la mañana! Pues qué, ¿piensas que no te han visto ahí enfrente, arriba y abajo, las horas de Dios, con esos marinerazos... y una mujerona?
—¡Una mujerona!...
—Eso mismo: una mujerona... ¿Te parece que eso está bien? ¿Qué dirán las gentes que lo hayan notado?
—¿Y qué han de decir?
—Pestes, y no será mucho.