—¿Y por qué lo miran si tan malo es?
—Y ¿por qué te pones tú con esas cosas en el mismo sitio á que está una mirando? Porque una mira allí, porque lo tiene delante de casa, y tiene también buenos gemelos para mirar.
—Sí, y ganas de meterse en lo que no importa.
—¡En lo que no me importa!—exclamó Luisa, con un sacudimiento que Andrés no estaba en disposición de apreciar, así por el enojo que ya le cosquilleaba en los nervios, como por los embates y refregones que recibía del viento á cada instante.
—En lo que no te importa, sí—respondió Andrés con entereza,—puesto que en ello no ofendo á nadie, y en lo demás cumplo con mi deber.
—Pues me importa—remachó Luisa con voz algo alterada y nerviosa,—y me importa mucho, porque eres un amigo de la casa y un compañero de mi hermano; y no me gusta que digan las gentes que Tolín tiene amigos que andan á todas las horas de Dios con hombrones de la Zanguina y con marinerotas puercas y desvergonzadas. Por eso, y no más que por eso. Y si me apuras un poco, se lo contaré á papá, para que se lo cuente al tuyo cuando venga, y te saque de esa mala vida... Y ahora, ya no quiero tu brazo... ni que me saludes siquiera.
Y en el acto desprendió el suyo del de Andrés. Verdad que esto sucedía después de haber pasado á remolque de éste la última bocacalle, y en el momento de arrimarse muy pegadita al vano de la puerta de su casa, mientras la doncella, que se había anticipado algunas varas más, daba, por segunda vez, dos tremendos aldabonazos, que retumbaban en el hueco de la escalera y hacían estremecer el barrote de hierro ajustado por dentro á la puerta, la primera de las tres que guardaba la repleta caja del comerciante don Venancio.
El recuerdo fresquísimo de estos sucesos era el segundo tema de las cavilaciones que le quitaban el sueño á Andrés á las altas horas de la mencionada noche.
Jamás la hermana de Tolín se le había manifestado tan entremetida, tan impertinente y tan dura. Por primera vez había oído de sus labios la amenaza de irle á su mismo padre con el cuento, para que se le refiriera después al capitán. Y la mimada y consentida joven era muy capaz de cumplir lo que ofrecía. El caso denunciable no era, ciertamente, cosa del otro jueves; pero ¡vaya usted á saber cómo le contaría ella, y de qué colores le revestiría en su afán de salirse con su empeño! Don Venancio era un señor muy pagado de la formalidad y del buen viso de las personas de su trato; los humos de su señora, bien á la vista estaban, tanto como el modo de pensar de la capitana; y el capitán no era ya aquel Bitadura impresionable y alegrote, con cuya indulgencia podía contarse siempre, sabiendo buscarle las cosquillas de sus flaquezas de muchacho impenitente; últimamente tenía humores, algo más de medio siglo encima de su alma, estaba gordo y era rico. Por todo lo cual se le había agriado bastante el genio. El mismo Andrés no contaba ya con fuerzas suficientes para someterse en silencio á ciertas imposiciones caprichosas, y no sabía hasta qué extremos podría arrastrarle una conspiración así, tramada por una chiquilla fisgona, contra sus honrados procederes.
Con elementos tales, ¿qué salsa no podría hacer el diablo, metido por unos cuantos días en el cuerpo de la tesonuda hija de don Venancio Liencres!