—Tengo que hablarte,—la dijo por entrar, y no muy seguro de voz.

La joven notó el desconcierto de Andrés, y le preguntó sobresaltada:

—¿Y por qué vienes á estas horas y en esta ocasión?

—Porque... porque lo que tengo que decirte no debe oirlo nadie más que tú. Siéntate y escucha.

Andrés se sentó en una silla, y arrimó otra muy cerca de ella. Pero Sotileza no quiso ocuparla. Permaneció de pie, apoyando el desnudo brazo derecho, redondo y blanco, sobre la cómoda, mientras su seno marcaba la interna agitación que le movía, y respondió en voz firme y con mirada valiente:

—Acuérdate de lo que te dije el domingo en la arboleda.

—Pues de eso mismo vengo á tratar.

—Pensé que ese punto se había rematado allí.

—No del todo; y por lo que falta, vengo ahora.

—Pues desde entonces acá, más de una vez nos hemos visto. ¿Por qué te has callado hasta hoy?