—Ya te lo he dicho: porque es asunto para tratado á solas entre los dos.

—También yo te he dicho que no quiero oirte cosa alguna que no pueda decirse delante de los hombres de bien.

—Pues precisamente porque me has dicho eso, tengo yo que hablarte. Siéntate aquí, Silda; siéntate, por el amor de Dios, que yo te prometo no propasarme en hechos ni en palabras. No quiero más, con las que te diga, que quitarte el amargor que te dejaron otras, y quitarme yo mismo de encima un peso que me fatiga mucho.

Sotileza, algo anhelante y descolorida, plegó maquinalmente su hermoso cuerpo sobre la silla preparada por Andrés.

El cual, en cuanto la tuvo á su lado, y tan cerca que oía el sonido de su respiración, exclamó así:

—¡Y mira que se necesita toda la fuerza de los propósitos que yo traigo, para no faltar á ellos viéndote tan hermosa... y en la soledad en que estamos!

Silda se alzó bruscamente de la silla, y volvió á apoyarse contra la cómoda.

—No creas que me espanto—dijo al mismo tiempo,—de verme sola contigo; que alma me sobra para meter en la ley al que falte á lo que me debe.

—Entonces—preguntó el atolondrado mozo,—¿por qué te apartas tan allá?

—Porque no quiero oirte de cerca cosas que te pintan como yo no quisiera verte.