—Pues para que me veas á tu gusto, no más que para eso, he aguardado esta ocasión. Créemelo, Silda: te lo juro por éstas que son cruces.
—¡Buen camino tomabas para empezar!
—Todo ello no era más que un decir... Empeño de no callarte ni siquiera un pensamiento, para que llegaras á verme el corazón como en la palma de la mano. Pero si esas franquezas te ofenden, no volverás á oirlas de mi boca... Te lo juro, Silda... Y vuelve á sentarte aquí... y amárrame las manos, si piensas que puedo llegar á ofenderte con ellas... Y si después de oirme te parece que mis palabras te agraviaron, arráncame la lengua con que las diga... pero siéntate aquí, y escúchame.
Sotileza volvió á sentarse, pero maquinalmente, muy pálida, y entre fiera y conmovida; porque en todo aquello que le estaba pasando había tanta novedad y tan extraño interés para ella, que se imponía á la braveza de su carácter.
Andrés, que siempre la había visto fría é impasible, dueña y señora de sus impenetrables sentimientos, asombróse de aquel trastorno súbito é inesperado de tanta fortaleza, tradújole á su gusto, y vió que la de sus propósitos se conmovía también. ¡Pícara fragilidad humana!... Pero acababa de jurar que su proceder sería honrado; y armándose de voluntad para cumplirlo, comenzó por hablar de esta manera:
—Silda, aquella tarde te dije palabras y me propasé á cosas que me valieron una reprensión tuya, dura, ¡muy dura!... Así, de pronto, la falta que cometí confieso que merecía esa pena. Yo no te había acostumbrado, en tantos años como llevamos de conocernos, á que sospecharas de mis intenciones por una mala palabra ni por las señales de un mal pensamiento. En esta casa todos, y la primera tú, me hubiérais entregado la honra dormida para que yo la velara. ¿Harías otro tanto desde esa tarde acá? Dilo francamente, Silda.
—No,—respondió ésta sin titubear.
—Pues ese es el clavo que tengo aquí desde entonces, Sotileza. ¡Ese me punza allá adentro, y me roba el sueño de noche, y me quita el sosiego de día! Yo no quiero que nadie se recele de mí en esta casa, donde estoy acostumbrado á que se me abran todas las puertas como al sol cuando llega. Á eso quiero volver, Silda: á la estimación tuya y á la confianza de todos.
—Ni la estimación mía ni la confianza de naide has perdido, Andrés. Todos saben lo que te deben, y yo lo que también te debo; y aquí no hay ingratos.
—Yo no quiero que se me estime por los favores que haga, sino por mi propio valer; y yo sé que no valgo á tus ojos hoy lo que valía poco hace.