—Pus ¿por qué hago yo las cosas, puño?—exclamó el monstruo, estremeciéndose de pies á cabeza.—¿Por qué no pesco yo una [cafetera] ca día? ¿Por qué le aguanto al Mordaguero lo que le aguanto?... ¡Puño!... pus por date gusto, Sotileza... Y porque tú lo quisistes, tengo vestío de paño fino... No más que por eso, ¡ju, ju!... Esta noche no cenaré con vusotros. Pero me darás el pan, ¿eh? ¡Tengo una gazuza, puño!

¡Cosa más rara que aquella muchacha! En el mismo sitio en que había domado los ímpetus apasionados de Andrés con su palabra desengañada y su continente esquivo, escuchaba las brutalidades de Muergo con la sonrisa en los labios y el regocijo en la mirada.

—Pues oye—dijo al animalote aquél, sobre cuyas greñas y ropa brillaban todavía las escamas de la sardina que acababa de desenmallar en la lancha, de vuelta de la mar,—en cuanto te pongas el vestido el día que le estrenes, vente acá de una carreruca pa que yo te le amañe encima, antes de que la gente arrepare en él. Porque tú no sabes de esos primores. ¡Vaya, que tendrás que ver, Muergo!

—¡Puño!—exclamó éste al contemplar la expresión regocijada de Sotileza.—¡Más que la portisión de los Santos Mártiles, con Cabildo y too!... Pero no tanto como tú, Sotileza... ¡Puño!... Porque tú tienes que ver más que toa la cristiandá con empavesaúra... Si tuvieras á mano algo de torrendo tamién...

Cuando Muergo bramaba así, clavados los desnudos y anchos pies en el suelo; los brazos caídos, con los codos hacia afuera; el gorro sobre el cogote y las greñas encima de los ojos, comenzaba á anochecer en la bodega. Con este motivo, si es que no le tomó por pretexto, Sotileza dejó á Muergo en aquella actitud, con la palabra atascada en la caverna de su boca, y fué á encender el candil á la cocina.

Al salir de ella miró hacia el portal y vió á tío Mechelín arrimado á la puerta de la calle. Le llamó para decirle que le buscaba su sobrino.

En la caraza de Muergo y en cierta sacudida de sus hombros abovedados, pudo notarse que le contrariaba mucho la vuelta de Sotileza acompañada de su tío.

En otros tiempos hubiera alborotado al alegre marinero la noticia que le dió Muergo en cuanto le tuvo delante; pero ya, sin bríos para luchar personalmente en aquellas nobles batallas entre los dos Cabildos rivales, y cargado de dolencias que le robaban el entusiasmo y hasta la curiosidad, dió escasa importancia al suceso anunciado por su sobrino, aunque no dejó por eso de aconsejarle que no fuera él al regateo si estimaba en algo su vanidad de remador, porque era cosa corriente que habían de ganar los callealteros. Muergo se las tuvo tiesas á favor de los de Abajo, sin importarle un bledo el daño que con sus brutales dichos causaba á aquel veterano de los de Arriba; pero intervino Sotileza, y con dos sacudidas de apóstrofes y de reconvenciones, puso al salvaje compañero de la lancha del Mordaguero más blando que una badana. Convino sin dificultad con su tío (muy vigorizado con el valiente apoyo de aquella gentil criatura, que era el calor de su espíritu) en que eran unos tumbones los mareantes de Abajo; y comenzando á roer el zoquete de pan que le había dado Sotileza, salió de la bodega con rumbo á la Zanguina, para ver cómo se iba armando aquello.

Después entró tía Sidora, que ya estaba en autos por lo que se había corrido en la plaza; y más entusiasta que su marido, ó aparentándolo al menos, quizá con el noble propósito de entretenerle y de animarle, pudo conseguir que se fuera un rato á la taberna del tío Sevilla, donde ella sabía que iba á ventilarse el punto á Cabildo pleno.

Poco después de salir de la bodega tío Mechelín, entró en ella Cleto, que no se encontró con Muergo en el camino porque, después de subir por la calle de Somorrostro, tomó por las escaleras de la Catedral, mientras el otro bajaba por Rua-Menor. Pero si no con Cleto, Muergo se encontró con Andrés; y no sé yo si en la necesidad de encontrarse con uno de los dos, salió perdiendo ó ganando en el encuentro que tuvo.