Andrés, tan pronto como se apartó de él Cleto, necesitó mayor espacio que éste para entretener y dominar la tempestad desencadenada en su pecho y en su cabeza. Porque la tempestad de Cleto era sorda, de fondo, relativamente mansa, y podía aguantarse á la vela, dejándose llevar de aquí para allí sin otro cuidado que el de huir de los escollos de la costa; pero la de Andrés era de huracanes furiosos que le batían en redondo y le llevaban en vilo, flagelándole con sus azotes de espumas, amargas como las hieles. Huyendo á la desesperada, anduvo durante una hora sin saber por dónde ni conocer á nadie...
Y todo ello ¿por qué? Porque dió en antojársele que Cleto era, en rigor de justicia, un buen acomodo para Sotileza; que Sotileza, ó las personas que la amparaban, podrían muy bien caer en la cuenta de ello cuando Cleto, ó quien les fuera con la amorosa embajada, manifestara en la bodega sus intenciones y deseos; y que por conclusión de todo, Cleto y Sotileza... ¡Sotileza, tan pulcra, tan linda, tan gallarda; la que le había hecho faltar á él á sus deberes de amigo... y hasta de hombre honrado, y, con dureza de empedernido desdén, machacado los pensamientos en el hervidero mismo donde brotaban á escondidas de la voluntad! Cierto que oponerse á los planes de Cleto, por los motivos que le zumbaban á él en la mollera; trabajar para que Sotileza llegara á verse en el mundo sola y desamparada de todos, era una completa villanía; pero ¿estaba él seguro de que, escarbándole un poco en sus adentros, no se hallaran, por causa de aquellas desazones que le consumían, más que torpes deseos contrariados? Apretándole un poco más las ansias que le atormentaban, ¿no sería él capaz de llegar con sus intentos hasta donde la licitud de ellos le pusiera para siempre al abrigo de ese linaje de contingencias? ¡Y pensar que, sobrándole generosidad en el corazón, con haberle recibido ella mansa y cariñosa; con haber dejado á su noble arbitrio el resultado de sus inexplicables arrebatos, él mismo hubiera sido capaz de entregar á Sotileza, limpia de toda mancha, al primer hombre de bien que la mereciera!
Pero ¿merecería Sotileza este sacrificio? ¿Merecería siquiera el que se había impuesto él al jurarla lo que le juró en su casa viéndose á solas con ella?
Cleto le afirmó que no se había cruzado todavía entre ambos una sola palabra ni una mala señal de inteligencia en sus intentos amorosos; pero Muergo... ¡aquel estúpido y horroroso Muergo, en cuyos brazos se dejaba ella conducir, muerta de risa, en la playa de Ambojo!...
¡Y vuelta otra vez al tema que tan á menudo examinaba y exprimía, desde que había prometido á Sotileza no volver á su lado con un mal pensamiento entre los cascos! No habría malicia, quizá, en aquellos abandonos de la callealtera; pero no le estaban bien á una muchacha honrada que, por faltas mucho menores, le había plantado á él á la puerta de la calle. De esto habría que hablarla, siquiera una vez, á solas y pronto; y á Muergo también.
Y en tal ocasión fué cuando Muergo se le puso delante, al salir de una de las bocacalles inmediatas á la Zanguina.
—¿De dónde vienes?—le preguntó Andrés.
—De allá arriba,—respondió Muergo.
—¿De la calle Alta?
—Sí.