—¿De la bodega de tu tío?
—Sí. Fuí á ponerle en los casos del regateo, por si no lo sabía.
—Y ¿quién estaba allí?
—¡Puño!—exclamó Muergo rascándose la cabezona á dos manos.—Cuando entré, hágase la cuenta que la mesma gloria... ¡Ella soluca, hombre!
—¿Quién?—volvió á preguntar Andrés muy anhelante.
—Sotileza, ¡puño!...
—Con que... Sotileza sola—dijo Andrés, disimulando de mala manera el escozor que le atormentaba.—Vamos, y ¿qué la dijiste? ¿qué te dijo ella?
—Pos aticuenta que ná—respondió Muergo estremeciéndose;—porque á lo mejor se jué á encender el candil, y dempués allegó mi tío.
—Con que «á lo mejor»—recalcó Andrés, con un acento que sacaba lumbres.—Eso es decir que algo bueno te había pasado ya. ¿No es cierto, Muergo? Vamos, hombre, dilo con franqueza.
Muergo se rascó otra vez la greña; y después de reirse á su modo, dijo al impaciente Andrés: