—Güeno, por decir güeno, no jué tanto como pudo ser; pero güeno jué con too, ¡puño! aquel ratuco entre los dos... Yo dijéndola cosas, y cosas... y cosas... ¡ni la metá siquiera de lo que yo diría, puño, si sabiera decirlo!...

—¿Y ella?—apuntó Andrés casi con un rugido.

—Pos ella—respondió Muergo, restregándose las manazas y haciéndose todo él casi un ovillo,—pos ella, don Andrés, ¡ju, ju!... la gloria mesma... ¡las puras mieles pa mí!

—¡Mentira, estúpido!—rugió la voz de Andrés al dicho del marinero.—Las mieles de una mujer como esa no están para bestias como tú. Yo te prohibo que digas eso á nadie, y que tú mismo lo creas...

—¡Puño!—exclamó rudamente el apostrofado así.—¿Y por qué no he de creer yo lo que es verdá? ¿Y quién es naide pa mandar que no me relamba con ello, si me gusta?

—Yo te lo mando—repuso Andrés, temiendo haberse descubierto demasiado,—porque tengo obligación de velar por la buena fama de Sotileza; y su buena fama se mancha con alabanzas de supuestos como los tuyos. ¿Me entiendes, bárbaro? Por eso te prohibo que te alabes delante de nadie de lo que te has alabado delante de mí, y que es una pura mentira.

—Es la pura verdá, ¡puño!

—Digo que mientes, ¡cerdo! Y ahora te añado que, si para curarte de ese vicio de calumniar á una muchacha honrada no basta lo que te digo, yo haré que te cierre la puerta de aquella casa quien tenga más autoridad que yo para hacerlo.

Según iba desahogando Andrés sus iras de este modo, en voz baja, pero fiera y desconcertada, á Muergo le subía un cosquilleo pecho arriba; se le encrespaba la greña, y los bizcos ojos se le revolvían en sus cuencas.

—¡Ah, puño!—saltó de repente, apretándose los suyos y rugiendo también.—¡Lo que á usté le pica no es que mienta yo, sino que diga la verdá!...