Andrés se quedó helado de vergüenza, al considerar que una bestia como aquélla le hubiera descubierto el misterio de su berrinche imprudente.

Muergo añadió todavía:

—Sí, ¡puño! esto que aquí me pasa, y lo otro que se corría y pensé que eran malos quereres, y algo que he visto yo... ¡Puño, la cuenta sale!...

—¡Otra impostura, animal!

—¡No, no... puño! que, enestonces, no me jurgara á mí por acá entro esta cosa que nunca me jurgó. ¡Puño! ¡cómo resquema!... Don Andrés, por usté me echo yo de cabeza á la mar en otros particulares... pero en éste, ¡puño! en éste, no se me cruce por la proba... porque le doy la [troncá] pa echarle á pique...

La única respuesta que se le ocurrió á Andrés, de pronto, á esta inesperada y hasta elocuente exaltación de Muergo, fué un bofetón de los tremendos que él sabía dar en lances muy apurados; pero no estaba la calle solitaria; y no estándolo, el golpe iba á tener más resonancia de la que á él le convenía.

Advirtióle algo de ello al monstruoso mareante para que se diera por respondido, es decir, por abofeteado; y temeroso de que la réplica del insubordinado animal le obligara á cumplirle la amenaza, apartóse de él precipitadamente.

Cada paso que daba en aquella desdichada aventura era una torpeza que le costaba un nuevo descalabro.

Así es que el pobre chico iba ahumando hacia la calle de la Blanca, mientras su monstruoso rival entraba en la Zanguina.