XX

EL IDILIO DE CLETO

Al día siguiente entró en el puerto la Montañesa, de retorno de su viaje á la Habana, y se desembarcó el capitán, resuelto á dejar el oficio por todos los días de su vida.

—¡Ya es hora, Pedro, ya es hora!—le decía la capitana, estrechándole en sus brazos después de oirle jurar que no quebrantaría aquellos buenos propósitos.—¡Qué lástima que no lo hubieras hecho unos años antes! ¡Nos quedan ya tan pocos para pasar la vida juntos, sin las penas que me han llenado de canas!...

—Vamos, no te quejes, ingratona—respondía su marido examinándola con los ojos, de pies á cabeza, después de desprenderse de sus brazos,—que más tengo yo, y menos lucido me veo de pellejo, y con más averías en el casco. Ahora, que trabaje otro mientras yo descanso. Veremos cómo engorda Sama con el oficio que le dejo por herencia. El camino bien le sabe. Lo peor es el barco, que no está ya para muchas borrascas: lo mismo que su capitán. Fortuna que, al cabo de tanta brega, se ha sacado para la vasallona y darse uno la última carena en puerto seguro.

Á la sazón era don Pedro Colindres un señor grueso, atezado, de patillas y pelo casi blancos; y su mujer, una hermosa matrona, de cabeza gris y majestuoso porte.

La cual, continuando la conversación con su marido, que la miraba embelesado, llegó á decirle: