—¡Mucha, muchísima falta estabas haciendo ya para eso, Pedro!
—Pues ¿qué le pasa, Andrea?
—No lo sé; pero, desde hace quince días, no es el que era; y en los ocho últimos le desconozco tanto, que me da pesadumbre. Ni come de traza, ni duerme con sosiego, ni creo que sabe por dónde va. Anoche se metió en casa muy temprano, hecho un palomino atontado, y, por más que le tiré de la lengua, no le pude arrancar una palabra. ¡Con lo alegre que él era y lo...!
—Aprensiones tuyas, Andrea, aprensiones tuyas; porque las mujeres ¡tenéis un modo de querer!...
—¡Te digo que no son aprensiones, Pedro!
—Pues yo bien sereno le he visto esta mañana, y maldito si he notado en él cambio ninguno.
—Porque delante de tí disimula... Mira, Pedro, apostaría la cabeza á que le han trastornado la suya en esa maldita casa, de donde no sale muerto ni vivo.
—¿De qué casa, mujer?
—La de la calle Alta.
—¡Bah!