—¡Cuando yo te lo digo!...

El capitán no quiso que se hablara más del asunto; y, creyéndolo ó no, afirmó á su mujer que por ese lado no había nada que recelar.

Al mismo tiempo que esto acontecía en casa de Andrés, Pachuca, la novia de Colo, apremiaba á Sotileza para que le acabara aquel mismo día, que era sábado, la saya nueva que le estaban cosiendo allí. Pero Sotileza, por más que se afanaba en la costura, dudaba mucho que se saliera Pachuca con el empeño.

Ésta, sentada junto á su amiga y ayudándola con los ojos y hasta con ciertos movimientos involuntarios de sus manos, obra de la impaciencia que la consumía, hablaba y hablaba sin cerrar boca.

Y hablando, hablando, habló de Colo para ponerle, como era de esperar, en los cuernos de la luna.

—Y ¿cuándo vos casáis?—la preguntó Sotileza.

—No sé qué decirte á eso, hija—respondió Pachuca suspirando.—Lo que es por casar, ya nos habiéramos casao rato hace, que él buenas ganas tiene, y yo tamién; pero córrese que va á sacarse una leva muy luégo. Y ya ves tú: casarse hoy pa enviudar mañana...

—Razón tienes, Pachuca. Es mejor esperar á que vuelvan.

—¡Si güelven, los enfelices!

—¿Qué han de hacer sino volver!