—Quedarse allá, los probes. ¡Ay, venturaos!... ¡Por esos mares!... Si Dios quisiera que no le allegara el número... ¡Pero le tiene ya tan bajo!... Milagro será que no le llegue, por chica que la leva sea. Una misa de á peseta tengo ofrecía á San Pedro, si no le toca.

—Pus mira, Pachuca—dijo Sotileza con aquel tono dominante que era natural en ella,—sobre que más tarde ó más temprano le han de llevar al servicio, yo ofrecería esa misa por que te le llevaran ahora.

—¿Por qué?

—Porque vuelven de allá muy otros. Siquiera aprenden á andar derechos y á lavarse la cara todos los días. Esa ventaja saldrías ganando al casarte con él de vuelta del servicio.

—Y tú, mujer—preguntó Pachuca en crudo,—¿cuándo te casas?

—¡Yo!—respondió Sotileza mirando con asombro á su amiga,—¿con quién?

—Pus con el que tú quieras—dijo Pachuca sin titubear.—¿No es tuya la calle de arriba abajo? ¿Hay moza en ella más cubiciá que tú?

—Pa poca salú, morirse es mejor, Pachuca.

—¡Cubiciosona! Pus ¿qué quieres? ¿Comerciantes de allá abajo?

—¿Quién ha dicho eso?—exclamó Sotileza al punto, en voz dura y con más duro entrecejo.