—Dígolo yo por decir, mujer,—respondió Pachuca, temerosa de que su amiga hubiera echado la broma á mala parte.

—Es que hay dichos, Pachuca—replicó Sotileza con ira mal disimulada,—que son más de temer que los bofetones... porque hay lenguas que los esparcen como la peste; y bien sabes tú que las hay en esta calle peores que la sarna, y contra qué honras buscan el arrimo.

La pobre Pachuca, que no había pensado en semejantes rumores para decir lo que había dicho á Sotileza, no se hartaba de jurárselo para que no se ofendiera.

—Si no me ofendo de tí, Pachuca—la dijo la hermosa huérfana, esforzándose por dar á su cara y á su voz toda la blandura que podía.—Bien sé que tú no me quieres mal; pero otros no me pueden ver y tiran á matarme; y de esos golpes, que me duelen, salen estos quejidos que no puedo remediar. Otra, en mi caso, te lo callara: yo te lo canto así, porque en ese particular no debo al demonio ni una mala idea.

Hablando Sotileza de este modo, entró en la bodega la vieja tía Ramona, el ama de gobierno del padre Apolinar, preguntando por tío Mechelín.

—Está á porredanas, y no vendrá hasta más tarde,—respondió Sotileza.

—¿Y tía Sidora?—tornó á preguntar la vieja.

—En la plaza.

—Pues yo los buscaba para decirles que pae Polinar quiere que vayan los dos á verse con él en su casa, sin falta ninguna, al anochecer. Ya ellos saben por qué no puede venir acá él mismo. Con que ¿se lo dirás así en cuanto los veas, guapa moza?

—Se lo diré,—respondió la aludida, sin dejar de coser.