—¡Bendito sea Dios—dijo tía Ramona por despedida,—qué repolluda y qué maja te hizo su Devina Majestá, y qué agradecía debes estarle!
Y salió arrastrando sus chancletas, mientras Pachuca, mirando á Sotileza, se reía de las exclamaciones del ama del fraile, bien conocida en aquel barrio.
Sotileza, tan pronto como Pachuca la dejó sola y sin la obligación de hablar, aunque fuera poco, empleó todas las fuerzas de su discurso en adivinar la razón del recado traído por el ama del fraile. Nunca había pretendido éste cosa semejante; y, desde algún tiempo atrás, le estaban pasando á ella cosas bien desusadas.
Corrieron las horas, y el matrimonio de la bodega, vestido de media gala, porque, al cabo, tenía que atravesar una parte de las más concurridas de la población, y carcomido por la curiosidad más devoradora, acudió á la cita del padre Apolinar.
Cleto, á la escasa luz del crepúsculo, los vió salir á la calle, desde la taberna de tío Sevilla donde estaba sentado, con las manos en los bolsillos, las espaldas mal embutidas entre el mostrador y la pared, y la cara á medio zambullir en la pechera de su elástico. No había pegado los ojos en toda la noche última, y había vuelto de la mar sin acordarse de lo que le había ocurrido en ella. Pae Polinar no hacía nada por él, y Andrés le cerraba todas las puertas. No tenía más remedio, para abrirlas, que valerse de su propio esfuerzo. Estaba dispuesto á hacerle como Dios y sus ahogos le dieran á entender, y en esto pensaba cuando vió á los viejos de la bodega salir á la calle juntos.
Alzóse súbitamente de su banco; esperó á que aquéllos doblaran la esquina de la cuesta del Hospital; miró después al balcón de su casa y á lo ancho y á lo largo de la calle; y, viéndolo todo libre del enemigo que le espantaba en la empresa que iba á acometer, llegó en dos zancadas al portal, y se coló resuelto en la bodega.
Sotileza continuaba cosiendo la saya de Pachuca á la luz del candil que acababa de colgar en la pared. Por verse Cleto delante de ella, palpó la dificultad con que ya contaba él, no obstante la firmeza de su resolución. ¡La palabra, la condenada palabra, que se le negaba siempre que más falta le hacía!
—Pasaba—balbució, temblando de cortedad,—pasaba... por ahí delante... y pasando así, dije: «voy á entrar un rato en la bodega;» y por eso entré... ¡Paño! ¡güena saya coses!... ¿Es pa tí, Sotileza?
Sotileza le dijo que no; y, por cortesía, mandóle que se sentara.
Sentóse Cleto muy separado de ella; y mirándola, mirándola en silencio largo rato, como si tratara de emborracharse por los ojos para romper así las trabas de su lengua, acertó á decir: