—Sotileza: una vez me pegastes un botón... allí ajuera... ¿te alcuerdas?
Sotileza se sonrió un poco sin levantar la vista de su labor, y respondió á Cleto:
—¡Pues mira que ya ha llovido de entonces acá!
—Pos pa mí—dijo Cleto más animado,—aticuenta que jué ayer.
—Bueno—repuso Sotileza,—¿y qué hay con eso?
—Pos con eso hay—continuó Cleto,—que dimpués de aquel botón, que era de asa, y entodía le tengo en estos otros calzones... ¡míale aquí!... Dimpués de aquel botón, juí entrando, entrando en esta casa... porque no se pué parar en la mía, Sotileza. Bien lo sabes tú, ¡paño! ¡Aquello no es casa, ni aquéllas son mujeres, ni aquel hombre es hombre! Pos güeno: yo no sabía de cosa mejor que ello... y por no saberlo, una vez te pegué una patá... ¿te alcuerdas? ¡Paño! ¡Si vieras lo que ese golpe me ha dolío á mí dimpués acá!...
Sotileza, comenzando á asombrarse de aquello que oía, porque nunca cosa igual ni parecida había oído de tales labios, clavó los ojos en los de Cleto; con lo cual cortó, no solamente la palabra, sino hasta la respiración del pobre mozo. En seguida le dijo:
—Pero ¿por qué me cuentas ahora esas cosas?
—Porque hay que contalas, Sotileza—atrevióse Cleto á responder;—por eso mesmo, y porque naide ha querío venir á contátelas por mí... ¡paño! Me paece que en ello no ofendo á naide... Porque verás tú, Sotileza; verás tú lo que me pasa. De plonto no caía yo en la cuenta de ello, y me dejaba hinchar, hinchar de aquellas marejás que iba embarcando según entraba yo aquí; y tú, crece que te crece... ¡Paño, qué arbolaúra ibas echando de día en día, Sotileza! Yo no ofendía á nenguno con mirar eso... me paece á mí; ni tampoco por alegrar la entraña con el recreo de esta bodega, una vez que otra. Arriba, ná de ello: mucha negrura... la honra de las gentes por el balcón abajo; sin ley unos á otros... ¡Paño, esto hace mala sangre... aunque uno la tenga de azúcara!... Y por eso te dí aquella patá, Sotileza; que si no, no te la diera; y lo sé, porque si aquí se me dice: «Cleto, échate de cabeza por el Paredón,» por el Paredón me echo, Sotileza, si con ello te das por bien servía, aunque otra cosa no me valga que el despeñarme... Pos güeno: de estos sentires, ná sabía endenantes, Sotileza; aprendílos aquí, sin preguntar por ellos y sin agravio de naide... Ya ves tú, no jué culpa mía... Me gustaban, ¡paño! me gustaban mucho, me sabían á las puras mieles; ¡como que nunca me había visto en otra, Sotileza!... Y me hartaba, me hartaba de ellos... hasta que no me cogieron en el arca... Y dimpués, tumba de acá, tumba de allá, á modo de maretazos por aentro; poco dormir y un ñudo en el pasapán... Mira, Sotileza: pensaba yo que no había mal como las pesaúmbres de mi casa... Pus mejor dormía con ellas que con estos sentires de acá abajo... ¡Pa que lo veas, paño! Me paece que tampoco en esto ofendía yo á naide, ¿verdá, Sotileza?... Porque al mesmo tiempo que esto me pasaba, mejor y mejor vos iba quisiendo ca día, y con más respeto te miraba á tí, y más deseos me entraban de verte la voluntá en los ojos, pa servírtela sin que me lo mandaras con la lengua.
¡Y anda, anda así, meses y meses, y un año y otro, con el ajogo en el arca y sin saber cómo salir á flote! Porque, ya ves tú, Sotileza: una cosa es el sentir del hombre, y otra el relatarle, sin palabra, como yo. Dimpués, lo que tú eres... lo que yo soy: ¡la mesma barreúra, acomparao contigo!... Pero no podía más, Sotileza, y acudí á hombres que lo entienden, pa que hablaran por mí; pero como á ellos no les dolía, ¡paño! me dieron con la puerta en los bocicos. ¡Mira tú qué falta de caridá! Porque en esto tampoco había mal pa naide, ni se injuriaba á denguno... ¿Te haces tú bien el cargo, Sotileza, de esto que te digo?... Pus porque naide ha querío decírtelo de mi parte, vengo á decírtelo yo, ¡paño!