Sotileza, para quien no era una noticia el amoroso sentir de Cleto, que bien claro se le tenía leído ella, no se asombró de este descosido relato, por lo que descubría; pero sí del inesperado atrevimiento del relatante. Miró á éste muy serena, y le dijo:

—Verdá es que no hay agravio en todo lo que me cuentas, Cleto; pero ¿á santo de qué me lo cuentas ahora?

—¡Paño!—respondió Cleto muy admirado,—pus ¿á santo de qué se cuentan siempre esas cosas? Pa que se sepan.

—Pues ya las sé, Cleto, ya las sé.

—¡Que las sabes!... ¡Podías no! Pero no es bastante eso, Sotileza.

—¿Y qué más quieres?

—¡Que qué más quiero! ¡Paño!... quiero ser un hombre como tantos que conozco yo; quiero buscame otra vida que la que traigo, con esta luz que tú mesma me has encendío acá adrento; quiero vivir como se vive en esta bodega; quiero trabajar pa tí, y ser limpio, y curioso, y bien hablao, como tú; quiero barrete el suelo por onde vaigas, y, cuando me las pidas, traerte hasta las serenitas del mar, que naide ha visto. ¿Te paece poco, Sotileza?

Cleto estaba en este momento verdaderamente transfigurado, y Sotileza admirada de ello.

—Nunca te ví tan animoso como ahora, Cleto—le dijo,—ni de tanta palabra.

—Es que reventó la ola, Sotileza—respondió Cleto más enardecido,—y yo mesmo creo que no soy lo que antes era. ¡Hasta por tonto me tuve! y ¡paño! ahora juro que no lo soy con esto que siento acá y me hace hablar á la fuerza... Y si este milagro es tuyo sin empeñarte en ello, ¿qué milagros no harías conmigo cuando te empeñaras? Mira, Sotileza, yo no tengo vicios; soy arrimao al trabajo; no sé querer mal á naide; estoy hecho á poco; no conocí, en lo mejor de la vida, más que tristezas y pesaúmbres... viendo aquí cosa muy diferente, ya sabes cómo la estimo y quién tiene la culpa de ello; en esta casa hace falta un hombre... ¿te vas enterando, Sotileza?