Sotileza se enteraba demasiado; y por eso respondió á Cleto, con cierta sequedad:
—Sí; pero ¿qué adelantas con que me entere?
—¿Otra vez, paño!—dijo Cleto exasperado.—¿Ó es eso darme el no con cortesía?
—Mira, Cleto—respondió friamente Sotileza,—yo no tengo obligación de responder á todas las preguntas que se me hagan sobre esos particulares: por eso vivo metida en casa sin tirar de la lengua á naide. Yo no te quiero mal, y sé muy bien lo que vales; pero tengo acá mi modo de sentir, y quiero guardarle por ahora.
—Lo dicho, Sotileza—exclamó Cleto desalentado:—eso es un barreno pa que me vaiga á pique.
—No es tanto como eso—replicó Sotileza.—Pero ponte en un caso, Cleto: si en lugar del no que temes, te diera el sí que vas buscando, ¿qué adelantarías con ello? Si pa entrar en esta casa, no más que por pasar el rato, tienes que esconderte de las gentes de la tuya, ¿qué sería sucediendo lo que tú quieres?
—¡Justo!... ¡lo mesmo que me dijeron los otros!... ¡Paño! ¡Eso no está en ley!... ¡Yo no escogí la familia que tengo!...
—Pero ¿quién te dijo lo mesmo que yo, Cleto?—preguntó Sotileza, sin reparar en las exclamaciones del pobre mozo.
—Pae Polinar, en primeramente.
—¡Pae Polinar!... ¿Y quién más?