—Harto me las das, ¡paño! si me cierras la puerta por los de mi casa.

—No fuí tan allá siquiera, Cleto. ¡No querías correr poco! Te puse en un caso. ¿Lo entiendes ahora?

—Témome que sí, ¡por vida de mi suerte!... ¡Pero dímelo claro, que á eso vine aquí!... No te encoja el miedo, Sotileza...

—¡No me hagas hablar!...

—¡Pior es que lo calles, mira... pa según yo estoy! Vamos, Sotileza... ¿te paezco poco?... Pos dí cómo me quieres: yo allegaré á serlo, por caro que cueste. ¿Vale más otro, por si acaso? Yo seré más que él si tú te empeñas...

—¡Vaya que es porfía, hombre!

—¡Si me va la vida en ello, Sotileza!... ¿Pus me arriesgara si no, paño!... Mira, too es tener un poco de terneza en la entraña, y dimpués el caso va de por sí solo... Tú me dirás: «por aquí se ha de ir;» y por allí me iré tan contento... Poco te estorbaré: con un rinconuco me basta, en lo más apartao... ¡Pior que el que tengo yo ahora!... Comeré lo que tú dejes de lo que yo te gane pa que vivas á la sombra... ¡Si yo vivo de ná, Sotileza! Mira, lo mesmo que Dios está en los cielos, lo que á mí me engorda es un poco de ley, una miajuca de caridá y algo de alegría al reguedor... ¡Paño, qué gusto dará eso!... Con que, ya ves tú lo que pido... No es pa ofendese naide, ¿verdá?... Porque no se piden los imposibles.

Sotileza acabó por sonreir oyendo al pobre muchacho. Éste insistió en vano para arrancarla una respuesta terminante. La porfía volvió á incomodarla; y Cleto, desasosegado y fosco, llegó á hablar así:

—Pos dime siquiera que esto que te cuento no te da más oirlo en boca de otro.

—Y á tí ¿qué te importa, animal?—saltó aquí Sotileza con un dejillo rasgado é iracundo, que heló la sangre en las venas de Cleto.—¿Quién eres tú pa pedirme esas cuentas?