—¡Naide, Sotileza, naide! la basura mesma... ¡y ni siquiera tanto!—clamó el pobre mozo, conociendo la torpeza que había cometido.—Me cegó la pena, y hablé sin pensalo. Mira, no jué más... por éstas lo juro.

—Déjame ya en paz.

—¡Pero no me cojas tirria!

—Quítate delante, que harto te aguanté.

—¡Paño, qué mala suerte! ¿No me lo perdonas?

—Si no te largas, no.

—Pos ya estoy andando.

Y así salió aquella vez Cleto de la bodega, mustio y pesaroso, cuando creyó haber estado á medio jeme de salir triunfante y coronado.