—Con el que sea necesario,—respondió sin vacilaciones Andrés.

—¡Eso no es responder bastante!

—Pues yo no puedo responder más.

—¡No pongas á prueba mi paciencia, Andrés!

—¡Pues tenga usted algo de caridad conmigo!

Andrea miró entonces á su marido con una expresión en que iban bien recomendados los deseos de Andrés.

—¡Caridad!—respondió el capitán, sin hacer gran caso de las miradas de su mujer.—¿Pues la tienes tú con tu padre? ¿No presumes que cada respuesta de las tuyas es una puñalada para nosotros?... ¡Y no te dejaré ya de la mano, no, aunque pongas el grito en el cielo; porque mucho más me duelen á mí los golpes de las palabras tuyas! Con ellas me has demostrado que mi pregunta te ha llegado á lo vivo; y á dar en lo vivo tiraba yo, Andrés; y eso vivo es muy grave; y se conoce en lo que tiemblas y por lo que te callas, más que por lo que dices... ¡Habla, hijo, pero por derecho y claro, sin embustes ni rodeos! Tu madre y yo tenemos que conocer la extensión de esas aventuras, el rumbo de tus intenciones. ¡Mira que tememos que sean muy malas; porque, si fueran buenas, ya nos lo hubieras dicho!

Decirle á Andrés que eran muy malas sus intenciones en el supuesto de que se enderezaran á lavar las manchas arrojadas por él mismo en el honor de Sotileza, era sacar de quicios al fogoso muchacho. No cruzaba por sus mientes, maduro y sazonado por lo menos, el pensamiento que su padre se temía; y no cruzaba así, porque la misma Sotileza se le había desdeñado al conocerle, en momentos bien críticos para la pobre muchacha. Pero ¿por qué, en el supuesto de que existiera, se le maltrataba de tal modo? ¿Por qué el honor de la huérfana de Mules, capaz de aquel noble desinterés, no había de ser tan digno de respeto como el de la más empingorotada señorona?

Y estas consideraciones, hechas en un instante por Andrés, desconcertáronle en tales términos, que las dió traducidas en las palabras que dijo para responder á los mandatos y advertencias de su padre.

La capitana tuvo que interponerse entre su marido y Andrés, para evitar que el primero cumpliera la amenaza que había hecho antes al segundo.