No era don Pedro Colindres hombre capaz de tener en poco la honra ajena sólo por verla en hábitos humildes; pero la respuesta de Andrés, por lo descosida, por lo irrespetuosa, por lo desatinada en fin, le había hecho creer que sólo se trataba allí de un antojillo pueril, de una muchachada peligrosa, de una llamarada de pasión que era preciso apagar á todo trance y sin pérdida de un solo momento. Y por si la sospecha no llevaba bastante peso por sí sola, la reforzó la capitana, que se había quedado atónita con las declaraciones de su hijo, con estas palabras que salieron vibrantes de su boca:
—Y después de oir esto, Pedro, ¿no caes en la cuenta de lo demás? ¿No se ve bien claro que lo del encierro en la bodega y lo del escándalo en la calle no ha sido otra cosa que un amaño de esa pícara para atrapar mejor á este inocente?
—¡Es falso ese supuesto!—respondió iracundo el fogoso mozo, olvidado del respeto que debía á su madre, por la gran injusticia que se cometía con la honrada callealtera.
—¡Hasta eso, Andrés, hasta eso!—increpóle su padre lanzando rayos por los ojos.—¡Hasta el cariño y el respeto á tu madre pisoteas por salirte con la tuya! ¡Hasta ese extremo te han corrompido el corazón! ¡Hasta ese punto te han cegado los ojos!
—¡Yo no pisoteo esas cosas, padre!—respondió medio sofocado Andrés.—Pero no soy una peña dura, y me duelen mucho ciertos golpes. ¡Que no me los den!
—Y los que tú nos estás dando á nosotros ahora, hijo del alma, ¿piensas que no duelen?—díjole su madre con el llanto en los ojos.
—¡Bah!—exclamó don Pedro Colindres con feroz ironía.—¿Qué importan esos golpes? Yo ya soy casco arrumbado; tú, caminando vas á ello... Días antes, días después, ¿qué más da?... Y con nosotros bien cumplido tiene. Lo que ahora importa es que él no pase una mala desazón, y que no pierda sueño la señora marquesa del pingajo... ¡Ira de Dios!... Esto no se puede sufrir, y yo no contaba con ello... porque ni tu madre ni yo lo merecemos, Andrés, ¡ingrato! ¡mal hijo!...
—¡Señor!—murmuró roncamente Andrés, sofocado bajo el efecto de estas palabras que caían en su corazón como gotas de plomo derretido.
—Pedro, ¡por el amor de Dios! cálmate un poco—díjole la capitana llorando,—que él hablará y nos dirá lo que queremos. ¿No es verdad, Andrés, que vas á decir... lo que debe decirse... porque tú no has dicho nada con serenidad hasta ahora?...
—Tras de lo que nos ha confesado—interrumpió el capitán sin dar tregua á sus iras,—nada puede decirme que no sea una nueva insensatez, ó una mentira que yo no he de tragarle...