—Ya usted lo oye—dijo Andrés á su madre:—estoy de más aquí; porque si se me pregunta, yo no he de dejar de responder conforme á lo que siento.
—Pues por eso—saltó el capitán, llegando á los últimos límites de su exasperación,—porque conozco la mala calidad de lo que sientes, no quiero oirte una palabra más; por eso estás aquí de sobra; por eso quiero que te me quites de delante... y que no vuelva á verte yo enfrente de mí mientras no vengas pensando de otro modo... ¿Lo entiendes? ¡mentecato! ¡desagradecido!
—No lo olvidaré,—contestó Andrés con sequedad.
Y salió del gabinete apresuradamente.
Don Pedro Colindres se quedó en él dando vueltas de un lado para otro, como tigre en su jaula. La capitana le seguía en sus desconcertados movimientos, con los ojos llenos de lágrimas y algunas reflexiones entre los labios, que no llegaron á salir de ellos. Así pasó un buen rato. De pronto dijo el capitán, sin dejar de moverse:
—Dame el sombrero, Andrea.
—¿Á dónde quieres ir?
—Á la calle Alta ahora mismo. Es necesario estudiar ese punto sobre el terreno, y no desperdiciar instante ni noticia para conjurar el mal, cueste lo que cueste.
Á la capitana le pareció bien la idea; casi tanto como otra que se le había puesto á ella entre cejas desde las primeras respuestas de Andrés.
No había llegado al portal don Pedro Colindres, cuando su mujer estaba ya poniéndose la mantilla apresuradamente. Minutos después, iba caminando hacia casa de don Venancio Liencres.