—Quiero saber yo lo que te parece á tí esa indecencia de historia.
—Pues me parece muy mal, Luisa, ¡muy mal!... tan indecente como á tí... ¿Lo quieres más claro?
—Eso es lo que yo quería saber, Tolín; eso mismo... precisamente eso mismo.
—Entonces, ya estás servida...
—¡Un hombre que se viste de señor; que es hijo de buenos padres; que se tutea con nosotros; que está colocado en el escritorio de papá, manoseando sus caudales; que come en esta mesa tan á menudo!... ¡un hombre así, encerrado en una bodega asquerosa, con una sardinera tarasca, y salir luégo de allí los dos, corridos de vergüenza, entre la rechifla de las mujeronas y de los borrachos de toda la calle!... ¡Y á más, á más, cuando le apuran un poco, decir á su padre y á su madre que es muy capaz de casarse con ella!... ¿Tú has visto algo como esto en parte alguna, Tolín?... ¿Lo has leído siquiera en ningún libro, por muy descaradote y puerco que sea?... Vamos, hombre, dilo con franqueza.
—No, Luisa, no... No he visto nada como ello. ¿Y qué?
—Que eso no debe de quedar así.
—Ya has oído que papá piensa tomar cartas en el asunto.
—No basta que papá las tome; tienes que tomarlas tú también.
—¡Yo!