—Sí, tú; y desde mañana, Tolín.
—Pero ¿qué diablos me va á mí ni qué?...
—¿Que qué te va á tí? ¿No eres su amigo tú... y de la infancia, Tolín, que es todo lo amigo que se puede ser de una persona?... ¿No estás con él en el escritorio? ¿No estáis abocados á ser socios y jefes de la casa de papá el día menos pensado?...
—Lo menos veinte veces te he oído decir esas mismas cosas, por pecadillos de Andrés de bien escasa importancia.
—Pero éstos son pecados gordos, hijo, ¡muy gordos! y te lo vuelvo á repetir, porque ahora va de veras.
—Pues déjalo que vaya, que en buenas manos está el pandero.
—Es que yo quiero ponerle en las tuyas.
—¿Y sabes tú si yo sabría tocarle?
—Lo que no se sabe se aprende, cuando el caso lo pide; y aquí lo pide... ¡y mucho!
—Pero, trastuela del demonio... ¡mira que cualquiera que te escuchara y te viera tan exigente y tan nerviosa por un asunto que, después de todo, no te importa media avellana!... ¿Eres procuradora de Andrés, ó qué?...