—Á nadie le importa lo que yo soy, Tolín; pero quiero que esa... pingonada, no se haga; y no se hará, ¿lo entiendes?

—Y si se hiciera, ¿qué?

—¡Virgen del Carmen!... ¡Ni en broma lo digas, Tolín!

Aquí le temblaban los labios pálidos á Luisa, y Tolín se la quedó mirando, con una expresión muy distinta de la que hasta entonces se había visto en su cara.

—¿Sabes, Luisa—la dijo, sin dejar de mirarla así,—que con eso que te oigo, y recordando lo que te tengo oído bastante parecido á ello, voy entrando en aprensiones?...

—¿Aprensiones de qué, Tolín?—repuso Luisa, dispuesta, no solamente á oir todo lo que quisiera decirle su hermano sobre la calidad de sus aprensiones, sino también á tirarle de la lengua para que hablara cuanto antes.—Vamos, con franqueza.

—Aprensiones—continuó Tolín,—de que algo más que la amistad es lo que te mueve á interesarte tanto por Andrés.

—¡Bien has tardado en caer en ello, inocente de Dios!—exclamó Luisa, lanzando las palabras de su pecho con tal ansia, que parecía que con ello le desahogaba de un peso insoportable.

—¡Y lo confiesas con esa frescura, Luisa?—dijo el otro haciéndose cruces.

—¿Y por qué no he de confesarlo, Tolín? ¿Á quién ofendo con ello? ¿Qué hay en Andrés que no merezca estos malos ratos que estoy pasando por él? ¿No es guapo? ¿No es un mozo como unas perlas? ¿No es bueno y noble como un pedazo de pan? ¿No es fuerte y valeroso como un Cid? ¿No tiene, por tener de todo, tan buena posición como el mejor de los mequetrefes que me pasean á mí la calle, con tanto gusto tuyo? ¿No le tratamos y le estimamos de toda la vida?... Y siendo esto verdad, ¿por qué no he de... quererle yo; sí, señor, de quererle como le quiero tantos años hace?...