—¡Qué ha dicho Vd! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!... Desengáñese Vd. cabayero; nosotros, los artistas, acostumbrados a aquel mundo, no servimos para provincias.
—Según eso, nacería Vd. allí.
—Naturalmente, cabayero.
—Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que tiene Vd. de los baños de mar, cuando sale Vd. todos los veranos a una miserable provincia para tomarlos.
—Yo le diré a Vd. lo que hay. Mi papá estuvo en Ultramar muchísimo tiempo desempeñando un buen destino, y a los dos años de venir él de allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace daño?
—¿Cuál, hombre?
—La navaja.
—Va «como una seda.»
—Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte, eran escrúfulas, ínticas a las que papá había traído de América.
—Pero las llevaría ya de España.