«Rvon. 10.560,86 que, s. m. p., paso al crédito de s/c.
«Impuestos de s/proposición estos Sres. Carpancho Herm.s que examinarán, contestándole directamente s/ particular.
«Para el mercado, me remito á la adjunta Revista, que desearé le aproveche.
De V. af.mo s. s. q. b. s. m.».
Y por firma había llevado esta carta un garabato que lo mismo podía decir Hijo de don Apolinar de la Regatera, que Padre del sacristán de la Parroquia.
No tardó el viejo indiano en advertir que ese sistema eléctrico no era exclusivamente propio de su hijo, sino de toda «la clase», y de que no se aplicaba sólo á los detalles mecánicos del escritorio, sino que servía de base al flamante espíritu mercantil.
Se había hablado tiempo hacía de la necesidad de dotar á Castilla de un puerto de mar, y se había demostrado que este puerto debía ser el de Santander, uniendo la comunicación entre ambas regiones con una línea férrea, en lugar de las tradicionales reatas de mulos y carros del país. El plan era vasto y costosísimo; pero como debía de ser reproductivo en extremo, se había aceptado con regocijo.
Llegó la ocasión de acometer la empresa, y don Apolinar vió con susto á su hijo trocar pilas de reverendas peluconas por algunas resmas de papel pintado. Poco después ofrecían al accionista una prima considerable por la cesión de sus títulos; pero esperando sacar de ellos en el día de mañana utilidades más pingües, desechó la oferta.
El mecanismo de cobros y pagos era engorroso, y el dinero, quieto en la caja, ni estaba seguro ni ganaba; además, el porvenir del comercio eran las sociedades de crédito. En consecuencia se formó una, y de ella fué el principal accionista el hijo de don Apolinar. Con parte de las onzas amontonadas por su padre pagó las acciones, y el resto le envió á la caja de la sociedad, que le abrió en el acto una cuenta corriente. Á los pocos días de cubierto el cupo de la emisión, hubo la indispensable oferta de prima á los tenedores y la consabida resistencia de éstos, en espera siempre de mejor ocasión.