Los desairados en el reparto de las dos gangas anónimas, habiendo tomado ya el gusto al papel, formaron capítulo aparte y echaron á la plaza nuevas resmas de otra sociedad que se creaba para esto y para lo de más allá.

Tragóse también este cebo como pan bendito, cubrióse el cupo en breve, solicitáronse con prima las acciones y quedóse con las muchas que tenía el joven Regatera esperando «el día de mañana».

Hubo también esta vez envidiosos de la suerte de los accionistas primitivos, y «allá va, dijeron, esa lluvia de papeles de una sociedad de crédito que fundamos para explotar aquello, y lo otro y lo de más acá». Y también se cubrió el cupo, y también se ofreció la acostumbrada prima, y también la rehusó nuestro comerciante, metido como el que más en esta cuarta asociación anónima.

Y como al último lo que se buscaba era lisa y llanamente la primada, surgían proyectos de nuevas sociedades detrás de cada esquina, no parándose nadie en el objeto á que decían destinarse, porque no habían de llegar á constituirse siquiera.

Algo de esto quería hacer con las mercancías el hijo de don Apolinar. Agotadas las de su casa y comprometidas las de la plaza, dióse á vender harinas que aún no se habían molido, trigos que no se habían sembrado.

El negocio era bueno si en el día prefijado para la entrega el precio de la mercancía era más bajo que el estipulado; pero si sucedía lo contrario, calculen ustedes lo que podía costarle la arriesgada operación.

Después no se contentó con esto: importándoles á él y al comprador muy poco la formalidad material de la entrega de lo vendido, suponían una á fecha y precio convenidos, y se comprometían á abonarse respectivamente la diferencia de más ó de menos, según que jugaran al alza ó la baja, partiendo del tipo prefijado.

—Pero, hombre—decía en estos casos el viejo Regatera:—para eso, más te valdría jugarlo á una carta ó á cara ó cruz; á lo menos abreviarías la agonía que necesariamente sufres viendo durante meses enteros pender de una casualidad la mitad de tu fortuna.

Y el hijo se sonreía con desdén, y el padre se aterraba.

Porque no perdiendo ripio de cuanto pasaba en su derredor, veía que de aquéllos sus positivos caudales no quedaba ni señal; que su hijo los había trocado por cifras que cada día iban perdiendo una parte considerable de su valor real; que tenía los cartapacios atestados de este papel y de otros, representando grandes sumas sin más garantía que las firmas de los respectivos deudores, tan empapelados con el acreedor de quien ellos, á su vez, tenían no flojo montón de obligaciones; presumía que toda la plaza se hallaba lo mismo, y era evidente para él que una sola piedra que se desprendiese del inseguro edificio le haría desmoronarse hasta los cimientos.