—¡Qué quiere usted, hombre! Viene uno de aquel demonches de Campos donde todo se ve de un color, y ese malo, y parece que aquí se ensancha el corazón entre tanto verde, y, sobre todo, entre tanta gracia como Dios echó encima de estas criaturas... ¡Zape! qué mal movimiento tiene este coche... ¡Buenas casas son éstas!... ¡digo, pues es nuevo todo el barrio!... Una iglesia en construcción...
—Por construída pasa hoy.
—Hará poco que se empezó.
—Muy poco, unos trece años.
—¡Anda! ¿pues y eso? Escasearía el dinero.
—No, señor: con lo que han costado esas paredes se hubiera hecho una catedral en cualquier otro pueblo.
—Pues no lo comprendo.
—Ni yo tampoco.
—¡Qué repecho tan penoso!... y se llama «Calle de Motezuma». ¡Y qué fea es la condenada de la calle!... ¡Hola! ya estamos en el camino real... Me parece que aquello es la plaza de toros, ¿eh?
—Precisamente.