—¡Bien, canario! le confieso á usted que se me hincha la vanidad de castellano cuando veo entrar á los pueblos por esas reformas. Una plaza de toros no debe faltar nunca en ninguna población nuestra que se aprecie en algo. Ó somos españoles ó no lo somos. ¿No-verdá-usté?

—Claro... y ¡viva la Pepa!

—Ya se ve que sí. Con tal de que haya trigo en Castilla para los que quieran pagarle bien...

—¡Cabales! aunque coman los pobres de allá y de acá centeno y borona.

—Ésa es la derecha, que así lo quiso Dios: por eso los dedos de la mano no son iguales. Dejemos al extranjero, que no tiene riquezas propias, arreglárselas con sus industrias, ó sus brujerías, como dice el señor cura de mi pueblo, que ellas le darán el pago... ¡Canario, qué vuelta tan en corto! Por lo que se ve, es recién hecho este camino.

—Sí, señor: es más recto y menos penoso que el antiguo, que es el que hemos dejado.

—¡Bonitas praderas! Arbolado, huertos, casitas; la bahía detrás y más allá las montañas... ¡bien, retebién! ¡esto me gusta! Pero calle: eso que se ve ahí junto á los árboles del camino viejo, ¿es una fábrica?

—Sí, señor: de estearina y jabón.

—¿Y qué es eso de estearina?

—Para hacer bujías.