—Ya me fijo, pero no veo más que cielo... Pero deja, que allí salta una cosa contra aquel peñasco... ¡Anda, morena! ¡pues si es la mar!... ¡Virgen del Tremedal, y qué grande es! Ya se ve, como tiene el mismo color que el cielo, ya podía yo estar mirando una semana entera hacia acullá-lante... ¡Hombre, cuánto hace Dios con sus divinas manos! Y diga usté, ¿por dónde se va á la América?
—Pues, hombre, por esos mares de Dios.
—Pero ¿á qué mano se echa la embarcación?
—Por de pronto hágase usted cuenta que á la izquierda.
—¡Bendito sea el Señor que tanto da! Y ¿qué torre es aquélla que está sobre ese peñasco aislado?
—Ése es un faro que se ilumina todas las noches para que los barcos que se dirigen al puerto...
—Ya comprendo: para que no se den de testerazos contra la isla. Pues allá, á la izquierda, se ve otra torre más grande.
—Otro faro aún mejor que el de Mouro.
—¿Cuál es el de Mouro?
—El que está sobre el peñasco y del cual toma el nombre.