—¡Soberbio es todo esto! ¡Y decir á Dios que hay en el mundo tantísima gente que se va á la eternidad sin verlo!... Pero ocúrreseme que estará muy hondo.
—¿Cuál?
—¡Toma! el mar.
—Calcule usted.
—¿Y cómo mil diablos se baña uno allí sin ahogarse? Bien que se bañará la gente á la orillita. Y digasté: aquello que revolotea allá lejos, ¿son gorriones?
—Hombre de Dios, si son lanchas pescadoras.
—Pues mire usted, así de pronto lo parecían... ¡Canastos, y cómo corre el coche por esta cuesta abajo! Allí vienen otras dos diligencias llenas de gente... ¡Anda, y qué cara traen de frío los pasajeros! Éstos ya van bien remojados... ¿Es el parador alguna de estas casas?
—No, señor: son de campo, menos esa grande de la derecha, y esa que la sigue, y la otra de más allá, que son fondas.
—¿Luego ya estamos en el Sardinero?
—Ahora mismo va á parar el coche.